¿Andar Miami?

Hay planes para convertir al Down Town de Miami en un barrio paseable; en una de esas plazas capitalinas donde la gente conversa, camina, merienda en un café mientras escucha música o rasga el próximo poemario que marcará la sensibilidad. Existe esa esperanza. Ya empiezan a aparecer barcitos acogedores, pavimentos artísticos, galerías y rincones de diseño. El “design district” de Miami está en plena esfervescencia y galerías de New York y París van implantando sus sedes.

Hace unos días visité el “Bullfrog”, donde canta mi amigo Roberto Poveda, y la realidad del “Miami caminable” se presentó en su doble naturaleza de proyecto e imposibilidad. Empieza a existir, es cierto, pero hay aún demasiada inseguridad, poco respeto a la privacidad por parte de transeúntes animados por tóxicos, problemas para parquear
y cierta incomodidad ambiental. Un barrio, cuando se pierde el respeto, lo pierde también a la gente que lo frecuenta.

Un observador situado en la esquina de la 14 St y la Miami Pl del North East puede comprobar la esquizofrenia de este plan. Un pujante sistema de edificaciones rumbo al cielo, amañado a estaciones de durmientes en cada esquina. Una grulla de metal girando el semicírculo, y un bosque dionisíaco donde los seres excedidos de tiempo amanecen con el desespero de dos monedas y las caras tintas.

El infierno del tiempo en demasía genera cantores con máscaras hinchadas y miradas apuntando a lo inmediato. Las mentes comprometidas con la utopía del ahora no son predecibles y caminar entre ellas tiene consecuencias inmanejables. ¿Qué hará un proyecto de modernización cuando en la plaza hay más vagabundos que flores, menos
árboles que yerba? ¿Acaso sacarlos a la fuerza? ¿Utilizar métodos de persuación? ¿Podrán, aunque sea por milagro, ser reinscritos en la nueva urbanización hedonista?.

En la “School Board Station”, la última que hacia el norte hace el ramal “Omni” del Metro Mover, confluye el paseante inquieto con el grupo del casco bajo el brazo y las palas al hombro. Ambos se esmeran en distintos Miamis.

A esa estación no se debe llegar antes del amanecer. No le funciona la estera eléctrica y no anuncia espectáculos en su agrietada pizarra. Tampoco se puede siquiera beber agua en sus alrededores. “El Jucarito”, la bodega más cercana, está sitiado por sobrevientes nocturnos que se trampean con algarabía los últimos dólares. Un restaurante anuncia con pintura borrosa sus horarios; es “La nueva ronda”, que se parapeta tras cercas de metal mientras espera ser comprado. Las calles son viejas, sus señales también; los solares encuadran los teléfonos más baratos de la ciudad; las pintadas, sospechosamente neutras, solo describen... todo está a punto de un cambio mientras se sume en el esperar perpetuo.

Gente hermosa brinda a las 6 de la mañana; pero el fuego de su piel, incluso la mirada púber, inspira más dolor que ganas. Todos tienen calor y llevan la piel levantada. Los ojos, más que brillar, alumbran. Tiendo a dar la espalda antes que elogiar esa bohemia sin huella. Pienso en Curtis, en Túpac, en los ídolos musicales de algunos de mis muy jóvenes amigos (más bien pienso en ellos), y siento miedo por el precio que demandan las excepciones. Los recuerdo danzando, escribiendo east-west coast con sus dedos amenazantes y me entran deseos (¿horror?) de conseguir un matrimonio longevo.

O esta manera de vivir cambia o no hay paseo en el Down Town de Miami. Un proyecto situado en la encrucijada del arte y la justicia.

2006.



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