
Actuarse a uno mismo.
La TV es un escenario para la actuación. Lo es de manera directa (hay público en los estudios), y también indirecta (cuando se instala en alguna habitación de la casa o incluso en lugares abiertos como Time Square). Hay programas donde resulta evidente que está en juego algún tipo de trabajo actoral, es el caso de las telenovelas o de las películas concebidas específicamente para ese medio. Otros, sin embargo, dan la impresión de estar ligados al testimonio, a ese valor que tradicionalmente hemos reconocido como “verdad”; es lo que podemos experimentar ante las noticias o ese tipo programa que usando la expresión inglesa llamamos “reality show”.
Las entrevistas a personajes de la vida pública en los “reality show” proponen complementar la faceta en la que tradicionalmente los hemos reconocido. Un deportista nos habla de su familia, un político de sus fines de semana y los actores, en sentido general, de esa porción de su existencia que consideramos como “la vida real”. Suponemos, en resumen, que en los “reality show” los actores no actúan.
Pero pudiera ser esta una suposición falsa. Si en algún momento los actores deben esforzarse en dar una imagen positiva de su vida es en los “reality show”, pues de esa imagen dependerá la aceptación del público en los trabajos que emprendan en las otras modalidades de su carrera.
El actor, en fin de cuentas, sigue actuando durante la entrevista televisiva; y el político, pues actúa también. Debemos utilizar con mucha cautela las declaraciones de los políticos ante las cámaras de TV para juzgar lo que puede ser el destino de un país, o una ciudad.
Hace unos meses, la aparición de los políticos cubanos ante la televisión internacional augurando un curso sereno a una revolución asegurada por millones de firmas, generó en algunas personas de buena voluntad la certeza de que el llamado “postcastrismo” era algo más que una especulación de atrevidos intelectuales. De ser así, había llegado el momento inconfundible para el diálogo político y los negocios.
Se había jugado incluso con la posibilidad de legalizar algunas organizaciones de la disidencia interna, con crearles espacios para su participación en un “emergente” diálogo nacional y tolerar, cuando no facilitar, su integración a organizaciones internacionales homólogas. Se pensó que la gestión interna del Proyecto Varela, y la gira internacional de Osvaldo Payá, se inscribían en ese marco general de diseño oficial.
Pero la disidencia interna ha desbordado las previsiones del propio gobierno cubano; e incluso, las declaraciones de Fidel Castro a algunas cadenas de televisión extranjeras, cuando entrevistado como parte de un simpático “reality show” aseguraba que considerando la fuerza que la revolución cubana tenía entre su pueblo, se podía dar el lujo de comportarse generosamente con sus “enemigos” (pasó inadvertida esa palabra). Solo semanas después de su altruista declaración, comenzaba en La Habana la ola de detenciones más extendida que se conoce en la historia de la “disidencia interna”.
Las numerosas detenciones en La Habana han “defraudado” a algunos amigos de Fidel Castro en los Estados Unidos; y si esto es así, es porque algo en concreto esperaban de él. Al parecer, el cumplimiento de alguna promesa hecha en privado o alguna declaración suavizadora a algún programa de televisión.
Fue para ellos un error confiar en un político con dotes excepcionales pra el histrionismo, uno que sabe los tiempos de la entrada y salida a la escena, que hace su propio guión y se dirige a sí mismo en el escenario. Saquemos bien las cuentas de los clímax actorales que han venido jalonando la última historia cubana: Caso Ochoa-De La Guardia; Período Especial; Maleconazo… Se ha rotado con unos tres o cuatro años promedio, que es lo que nos separa del Caso Elián. Como en otras ocasiones, La Habana anda en busca de un escarmiento. Ojo con estas detenciones, que pueden ir un poco más allá de los clásicos “juicios de conciencia”.