
Academismo, espionaje y política.
La academia era la escuela de Platón. No fue apolítica. No lo fue él mismo, que como
pensador llegó a elaborar un modelo de gobierno y como ciudadano de Atenas coqueteó con
los políticos de su tiempo. La academia estaba definitivamente más politizada que el paseo de
Aristóteles y el jardín de Epicuro.
Tampoco pretendieron ser apolíticos los neoacadémicos. Gestaron la nueva era entre un
centro espiritual, Alejandría, y un centro político-doctrinal que era Roma, a la cual viajaban
regularmente para hacerse entender.
Fueron los teólogos cristianos de origen árabe quienes más insistieron, ya en la Edad Media,
en la separación de la política de la ciencia buscando una protección institucional del saber.
En la época moderna esta cláusula de seguridad se convierte en norma. Algunos filósofos, y la
Royal Society en sus estatutos, recomiendan a la física independizarse de la metafísica; uno
de los poros por donde lo político podía filtrarse al interior de la ciencia. Otro documento
crucial en la historia de esta independencia es el alegato de Kant “El conflicto de las
facultades”.
La idea de que la Universidad es independiente de la política rige más como “norma” que
como “verdad”. Es, digamos, un “ideal”: vale aún cuando sea imposible alcanzar.
Si la politización es inevitable, entonces nos situamos en un problema de racionalidad
cuantitativa, de proporción: ¿cuál es el grado en que la ideologización académica es
aceptable?. Esto solamente puede responderlo el sentido común.
En su novela “El juego de abalorios” Hermann Hesse ponía a prueba la posibilidad de
mantener una institución académica, Castalia, al margen de la presión sociopolítica.
Resultado: hasta la clase de juegos estaba abierta al influjo y el Magister Ludi, garante de la
pureza, se vio forzado a renunciar. Su carta de despedida es un documento insoslayable.
Pero el problema de la objetividad del saber en un estado totalitario no existe. En esto Castro
ha sido claro: “La universidad es para los revolucionarios”. La universidad, es decir: los
archivos, los laboratorios, los quirófanos, los observatorios. Pero Castro no se limita a mirar
como objetivos de la política a sus propias universidades; también valora así a las de los
demás países. Incluyendo a las universidades norteamericanas. Incluyendo a las de Miami.
Decía que es una cuestión de grados e incluso de decencia. Hace unos años, en un
intercambio académico organizado por una universidad local, una prestigiosa investigadora
comentó: “Por lo menos antes enviaban profesores que trabajaban para el partido; ahora lo
que están mandando son policías.”
Trabajar y espiar para un gobierno totalitario es objetable siempre; pero lo es más cuando se
intenta hacer desde las aulas porque se rompe un pacto antiguo, porque se falta el respeto a
esa débil pero necesaria fachada que es la apariencia de objetividad, la excusa del sabio ante
la sociedad que le paga su ocio creativo.