¡Oh, qué Serrat, qué Serrat!

                                             Para Olga Eva,
                                             que nació en el Mediterráneo.

Se atribuye a José María Vitier el hallazgo de considerar a La Nueva Trova como una suerte de banda
sonora de la Revolución Cubana, Claro, para que tal afirmación sea exacta, habría que convenir en que “el
proceso” se puede reducir a una película; es decir, a una puesta en escena.

La Nueva Trova cubana es (?fue?) más que un movimiento musical; representa todo un estado de la cultura,
un sentimiento. Y es algo que por demás rebasa la cubanidad. No hay visión completa del fenómeno sin
incluir a Buarque, Viglietti, Nascimento, un vasto etc. y, por supuesto, Joan Manuel Serrat.

Serrat, cuya voz temblante dejó de molestar tan rápido como la de Pablo Milanés (cantor que, además,
arrastra con un liíto adicional de dicción) gracias a su calidez personal y al sano mensaje de sus textos, es
más importante para la cultura cubana que otros signos estereotipados de ella como el zun-zún, la jutía, los
dicursos de Fidel Castro o el cerdo asado, que son instituciones del recuerdo con las que el cubano común
no funciona. Sitios de la memoria, no gestos de convivencia

Se apareció en la isla con un pelo muy largo y más suerte que Alan Ginsberg  (no lo echaron); derrochando
además un lunar inolvidable para abuelas y tíos bien “integrados”. Entre sudores y salivaciones Serrat era
todo agua en el escenario; y era mar entre  música y textos óptimos. Era el Mediterráneo.

El escritor Emilio Surí Quesadab acaba de avisar desde Miami Beach que Serrat no es como los otros.
Cuando hubo que cantar en catalán cantó en catalán; y cuando quiso hacerlo en castellano, pues lo hizo
también, aunque algunos le advirtieron que le perjudicaba.

Y cantó en castellano versos de Castilla. Le puso a esa llanura sin mar (que según aseguran hizo filósofo a
Unamuno) unas músicas tan tristes, que convirtió en ganas de escapar todo el extravío que no alcanzó a
denunciar Goytisolo. Azorín, y Machado a discresión, duelen menos que una balada de Serrat.

Yo comparto el sentir de Emilio, el Surí, el de verdad (mi nombre verdadero es Yunosin, mi Emilio es una
locución prestada, un fraude); por eso le pedí que me permitiera citarlo con descaro. He acabado por creer
que la crítica de arte es apenas un canal que propicia:

Serrat es uno de los pocos tíos limpios que he conocido como artista… Serrat enseñó a mi generación a
conocer a Machado, Hernández y más poetas. Tiene la virtud de ser del Barca…Es un tipo con cabeza bien
amueblada y corazón no comprado en las rebajas de enero del Corte Inglés… Tiene una canción poco
escuchada por aquí que se llama “Juan y José” que es del carajo y la vela, la vida de dos amigos, uno
emigra a América y el otro se queda… esa  y “Decir amigo”… Son las canciones más lindas a la amistad que
yo he escuchado; unidas a otra que dice que sus amigos son unos atorrantes que les tocan a las damas el
trasero… No sé… yo lo canté cuando me ganaba la vida tocando en la estación Bilbao del Metro de Madrid.

Es curioso: Serrat, un cantante inclinado a la tradicional izquierda, es también un lema del exilio provocado
por los excesos de una dictadura de esa marca; ?lo sabrá él acaso?.

Decir amigo es decir… ayer y siempre, lo tuyo nuestro y lo mío de los dos… O aquella a su madre donde le
dice: si no vuelvo no es porque te he olvidado, sino que perdí el camino de regreso… Un cassette de Serrat
ha sido una de las pocas cosas que no se me han perdido durante estos quince años de exilio… Con él como
mapa recorrí las calles de Barcelona… entendí el Mediterráneo… Supe del glamour del Barcelona antiguo y
me quedó la esperanza de que cuando llegue a viejo, pueda ser como el Tío Alberto que cuenta en su
canción… Tiene una canción en catalá que se llama “Palauras de amor” que es un clásico de sencillez y
hondura.

Hace unas semanas en el Canal 22 de Miami, la periodista María Elvira Salazar entrevistó al descomunal
Raphael. El cantor, optimista y redivivo, no se anduvo con poses ni correcciones. Según aseguró con cierta
sorna, en tiempos de Franco no fue reprimida Marisol , ni Ana Belén, ni Joan Manuel Serrat, quien alcanzó
incluso que TV Española le preparara un éxito pan-europeo. No fue reprimido Serrat pero tampoco le fue
aceptada su independencia, su limpieza de alma (como mismo asegura Surí Quesada).

Fue Massiel y no él quien cosechó los frutos del cabildeo de las autoridades culturales españolas; otra
excelente cantante que se empeñó en textos de otro poeta-cantor: Luis Eduardo Aute.

En efecto, aunque muchos no lo saben por el paradójico prejuicio de alta cultura que generó la misma
Revolución de 1959, “Rosas en el mar” es una pieza de Aute, el mismo autor que no tuvo rollos para
trabajar además con Silvio Rodríguez (según Benedetti, de ellos, los poetas, el único que canta)  y otros
trovadores cubanos “de la gran escena”.

La Nueva Trova cubana fue también, todo sea dicho, un movimiento asfixiado por demasiados libros y
encartonadas poses. Recordemos solamente este afectado verso cuyo amaneramiento intelectual lo hace
una joya de la mímesis: “Me quito el rostro y lo doblo encima del pantalón”. !Qué bajura literaria si lo
ponemos al lado de este otro!: “Qué me importa que me amen, si tú no me quieres ya”.

Serrat marcó tan hondamente nuestra sensibilidad que en cierta ocasión, mientras hacía proselitismo
nacionalista por España, el ex-canciller cubano Roberto Robaina aseguró que la Revolución Cubana
seguiría su propio camino, que no cejaría en la búsqueda de su  rumbo porque en realidad no hay camino,
sino que se hace camino al andar; añadiendo después: “Como escribió Juan Manuel Serrat”.

Hace unos años el Sr. Javier Sardá llevó a sus “Crónicas marcianas” a un trovador catalán que me gusto
mucho. Esa misma noche, mientras Almodóvar estrenaba “Carne trémula”, identifiqué la voz de ese cantor
que se disputaba méritos en la cinta con Chavela Vargas. Se trataba de Albert Plá, músico que desde ese
tiempo siempre me acompaña. Yo creo que Albert Plá me provoca una actualización de Serrat, por lo que le
debo hasta ese nuevo presentimiento.

Y se lo debo también a Olga Eva Mármol, quien reza en el Mediterráneo Helénico por la salud de Joan
Manuel y me recuerda que ella, quien vivió en el Cotorro, aborrece la canción que Rodríguez hiciera a las
jineteras tanto como adora la piel de manzana, la lluvia que insiste tras los cristales, las pequeñas cosas y la
amistad de Serrat.

Yo también, como mi amiga, quiero orar por la salud del cantante; por eso gasto algunos papeles
recordándole. Y ya que Fito Páez y Mecedes Sosa han cantado no hace mucho en Miami, espero que la
salud devuelta le de ánimos para venir por acá. En fín de cuenta nuestra mafia cubana está formada por  
esos malos tipos que, como dijo alguna vez en tránsito, son “lo mejor de cada casa”.

Tampa. Nov. 2004.

 

 


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