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| Prensa cubana y crisis intelectual. (I) La madurez política alcanzada por grupos independientes dentro de Cuba, radicaliza aún más la vigente experiencia crítica de los profesionales que, directa o indirectamente, hemos trabajado en la “intelectualización” del llamado problema cubano. El ocaso cronológico del liderato de Fidel Castro, así como la fatiga histórica de los modelos ideologistas de la modernidad, han quebrado la legitimidad de los estudios cubanos, desde la llamada “cubanología” hasta los “estudios culturales”. Esta crisis forma parte de un proceso más general; aunque tampoco debemos pasar por alto algunas peculiaridades que, aunque de orden menor, sí se forman en el ámbito específico de lo cubano. Analizaré en una trilogía de artículos las repercusiones que para la intelectulidad cubana, al menos para mí, tiene el nuevo contexto creado por el cruce entre la crisis postmoderna del intelectual clásico y la consolidación histórica de una prensa cubana independiente que se cuestiona los absurdos del castrismo al interior de una modernidad anómala. En el contexto actual, aún más en el marco de una “cultura representativista” como la norteamericana, el intelectual (el escritor, locutor, periodista, profesor, etc.) necesita conservar del modelo clásico la posibilidad de hablar en nombre de alguien; es decir, de convertirse en un “representante”; ya no de la política, claro está, sino de la cultura. Es precisamente eso lo que le permite rebasar los rígidos muros de la institución e insertarse en el mercado de ideas y representaciones. Hoy los académicos hablan en nombre de las minorías, de grupos de animales, plantas y hasta de minerales; y de paso, en las zonas de mayor autocociencia de su trabajo, discuten acerca del derecho y sentimiento que les asiste al tratar de todas estas cosas. Esta situación, por supuesto, aplica tambien para el oficio de hablar en nombre de “los cubanos”. En Tras las huellas del materialismo histórico, imprescindible libro de Perry Anderson, el autor declara con honestidad que, a pesar de la brillantez alcanzada por la escuela de historia social en las universidades inglesas, todos los tratados escritos no valen un párrafo de cualquier discurso de Kautsky o Rosa Luxenburgo, energizados por la base social y la tensión utópica que contenían. Anderson se percató de que la excelencia académica es fútil si no se le retoca con una pretensión de representatividad en un sector vivo de la sociedad. La búsqueda de esa “base social”, que experimenta también el cubanólogo o intelectual que disgrega sobre la situación cubana, está determinada al menos por tres carencias a suplir: 1-La necesidad de un espacio comercial que permita una apertura hacia zonas más convincentes de realización cultural (no es lo mismo, por ejemplo, leer una conferencia a una decena de estudiantes que han pagado por nuestros créditos, que vender cien mil ejemplares de un texto o participar en un debate televisado de costa a costa). 2-La necesidad de reforzar la legitimidad moral de un discurso representativista que se concibe al margen de los propios grupos sociales que dice representar. La aspiración moderna (digamos de un Marx , un Proudhon o un Sorel) de convertir la ideología en ciencia, se ha convertido hoy en la necesidad económica, política y moral de convertir la teoría en ideología; es decir, el intelectual debe tratar de convercer a su público que las ficciones que elucubra en su despacho son, en alguna instancia, aspiraciones reales de las gentes que andan por los barrios o las playas. 3-La necesidad de resolver, o al menos moderar, la crisis epistémica que emerge de la constitución de aquel intelectual que trata de emitir un sentido político desde su especialidad. Es decir, la obligación de convencer a los consumidores de ideas que uno tiene autoridad intelectual para hablar de aquello que no conoce. Pues bien, esta crisis de legitimidad intelectual forma parte del grupo de preocupaciones que me asisten hoy cuando trato de avanzar alguna idea acerca de América Latina, el emigrante (el exilio es para mí un tema poético, no sociológico) o la situación cubana. Y esa crisis, como trataré de argumentar en el próximo artículo, la ha profundizado el rol de la prensa independiente cubana y el creciente número de arrestos en la isla cubana por parte de la policía política castrista. Emilio Ichikawa. Mayo, 2003. |
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