Por el Sur del Norte: cubanos en Phoenix
                                                                                                 
Igual que sucede con la derecha, que amerita un acercamiento analítico y menos prejuiciado, no se podrá
acceder a una visión acertada de la izquierda si no somos capaces de captar los matices de su
composición. Al interior de la izquierda hay muchas diferencias, así como desniveles morales en sus
mismas formaciones partidistas  y sindicales; también, por supuesto, desigualdades económicas. Un
marxista podría realizar con éxito un análisis clasista de la composición social de cualquier organización
de izquierda.

Con igual proyección analítica habría que saber separar las ideas y valores que suelen considerarse
monopolio de la izquierda de la catadura específica de alguna gente encargada de su postulación
pública. Es más, habría que cuestionar su derecho a enarbolar esos valores que, según se dice (no
siempre con razón), son el núcleo de la batería ideológica de la izquierda, como son la “igualdad” y la
justicia social, por poner un par de ejemplos. El uso de las comillas para relativizar la palabra igualdad se
debe a su naturaleza ambigua; el propio Marx la consideraba un valor burgués, lo que se puede
comprobar repasando sus glosas marginales al llamado Programa de Gotha de la socialdemocracia
alemana (1875).

Aunque la historia está plagada de casos que pueden usarse para legitimar el derecho de un individuo a
comportarse de manera diferente a su prédica, lo cierto es que las reglas de la moralidad pública
aprueban la coherencia (por lo menos aparencial) entre el dicho y el hecho. Esto es algo particularmente
válido en el caso de una sociedad como la cubana que, más que una sociedad prejuciada, es una
sociedad hipócrita. La distancia entre lo que uno es y lo que se dice que es uno debe y tiene que existir,
pero el quiebre debe ser razonable.

Se ha abusado tanto de la escisión entre lo dicho y lo hecho, entre jure y facto, que el mismo Hegel en
sus Lecciones de historia de la filosofía llegó a tratar a Sócrates como toda una excepción por aquello de
haber tenido “la vida en unidad con su principio”.

Es verdaderamente  muy caro para la ideología de izquierda el gasto suntuoso de algunos de sus
representantes que, a la par que critican la pobreza, viven con unos patrones de opulencia que no
disfruta ni el más extralimitado de los millonarios. De ahí que hayan sido desacreditados con los
inobjetables sobrenombres de “izquierda caviar”, “red set” o “aristocastros”.

Algunos burócratas cubanos, ante esta objeción, han ensayado una argumentación mentirosa que tiene
todo el mérito de las tretas sofistas: “Preferimos repartir poco entre muchos, que mucho entre pocos”; lo
que rematan con una aseveración que hace alarde de lo peor de eso que suele llamarse cubanía: “Ser
comunista no quiere decir ser comemierda.”  De esta manera se alcanza una inversión moral, logrando
pasar por viveza y picardía lo que no es más que corrupción.

Digo todo esto porque si la izquierda de salón decidiera abandonar (a medias, claro) los hoteles, las
salas de conferencias y hasta los pasillos de algunos ministerios (“millerandismo” se llamaba esto a fines
del siglo XIX, siendo muy mal visto por la socialdemocracia internacional), podría ser más convincente a la
hora de exponer lo que se denomina “injusticia” y tener más resultados en materia de credibilidad.
Algunos militantes de izquierda, cuando se abren a otros ámbitos de la  realidad,  se sorprenden de que
en este país haya gente que defiende a Bush y apoya la Guerra que sostuvo en Iraq. Por más que uno
quiera no puede hacer de su ficción sobre el mundo, la instancia sustituta del mundo real.

Atravesando miles de millas del sur norteamericano se pueden rectificar estereotipos de este país,
algunos de ellos, incluso, a favor de los postulados de izquierda. Se registra el pasado, se asiste a la
soledad del sureño sentado durante horas en el canal a la espera de un pez, se encuentran
comunidades de cazadores, la despoblación, el desierto, trenes infinitos, etc.

Pero es de otro hallazgo del que quiero hablar ahora, uno que tiene que ver con el caro don de la
ubicuidad y que nos habla de la bendita condición de los cubanos por todas partes. Fue realmente
dichoso encontrar en Phoenix, Arizona, un grupo de cubanos que abrieron a sus amigos de país, a sus
cohabitantes de otros tiempos, a nosotros, una casa donde se hablaba de La Víbora y Santo Suárez con
la seguridad de lo que es de uno ya para siempre.

Los cubanos que allá visité han logrado estructurar una familia de varias generaciones cuyas raíces
están en Cuba. El núcleo central de autoridad lo constituyen dos hermanos que llegaron como balseros
en la “oleada” de 1994. Ellos tienen, como todos los balseros, una historia con capítulos muy trágicos;
vivencias que, sin embargo, son recreadas en la distancia con mucho sentido del humor. Dicen que no
pudieron hacerse con la lotería de visas, pero que el ritmo les insistía desde el mar: “Siento un bombo, la
yuma me está llamando.” El pueblo de Yuma, por cierto, estaba en el camino a Phoenix desde el oeste.

La gracia con que esos cubanos evocaban su aventura en balsa hacia los Estados Unidos me recordaba,
por paradójica, esa otra actitud generosa con la que muchos ex-prisioneros afrontan el futuro cubano. No
aporto nada nuevo; incluso caigo en lo gastado, si refiero el juego de dominó acompañado de su jerga y
su  coreografía de alardes, los exquisitos frijoles de factura guatemalteca pero de aliento “kubishe”, el
choque de manos y abrazos en la despedida. Es reiterativo, lo reconozco, quizás aburrido, pero fue
verdad. Una buena verdad.

Me llamó agradablemente la atención que ellos, mientras hablaban de los amigos dejados en Cuba,
nunca afirmaron que alguno fuera chivato, o maldijeron la suerte de un conocido, algo muy frecuente en
otros medios donde la sospecha es ingrediente fatal. Aquella casa estaba rodeada de un ambiente sano,
transparente, nutricio, como ese plato de comida que, a la manera cubana, llevaba en sí cada una de las
porciones disponibles, juntas y armónicas en un cículo como un gran sushi criollo que sale al rescate tas
una jornada de hamburguesas, tacos y maíz.

 


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