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| Nosotros, los cubanólogos, ya no somos los mismos. A la “cubanología” se la puede definir a la manera en que alguna vez definimos una dudosa disciplina llamada “cienciología”. Eran considerados cienciólogos todos aquellos que, siendo o no científicos, se dedicaban a reflexionar sobre la ciencia. Ud. podía no haber visitado jamás un laboratorio o conseguido un cálculo correcto, pero si sabía charlar sobre las implicaciones sociales de un descubrimiento, entonces, podía militar entre los profesionales de la “cienciología”. Con la cubanología ocurre otro tanto. Solo que, a estas alturas, a casi nadie le gusta ser considerado cubanólogo. Ni siquiera aquellos que lo son y viven la crisis existencial de no saber sentir en los marcos de una cubanidad tan ardua como la fraguada en las últimas décadas, dentro y fuera de la geografía insular. Cada vez que hablamos de Cuba y somos remunerados, al menos en términos de prestigio, nos colamos en el campo epistémico de la ya tan desgastada (aunque útil) cubanología. La cubanología debe desafiar hoy el paso del tiempo, necesita renovación; tiene serios problemas de financiamiento y, por si fuera poco, debe resolver éticamente (no moralmente) la emergencia de una prensa independiente en Cuba capaz de hablar por sí misma; además, debe considerar el peso político de una oposición activa y de una disidencia organizada en lo interno con resonancia internacional considerable. Siempre pendió sobre los escritores y académicos de la cubanología el problema moral de hablar sobre un tema del que estaban notablemente desvinculados. El sujeto de investigación de la cubanología era ajeno al objeto sobre el que discurría. Fisura moral que trataban de solventar algunos usando de forma inorgánica giros del lenguaje popular habanero, o ensayando ritmos de gracia cuestionable, o cociendo recetas de cocina que jamás un cubano puso en su mesa. Pero esto, como decía, son problemas morales. Lo que enfrenta ahora la academia cubanóloga son problemas éticos, es decir, la conversión de estos antiguos complejos en legítimos problemas teóricos del currículum de estudios. La entrada de Chomsky, Sontag, Galeano, Saramago y otros intelectuales en el ámbito de la crítica al castrismo, ha hecho poco menos que imposible la descaracterización de los problemas cubanos por poseer (solamente) “carácter político”. Antiguo recurso evasivo de los académicos. El argumento que rezaba: “Yo no hablo de Fidel Castro porque eso es política”, usado por muchos cubanólogos, significa ahora una autoexclusión del académico del propio “mercado” curricular en el que tan interesado está. La ética, pues, es el nuevo horizonte de la cubanología en crisis, la única que la puede salvar intelectualmente. Y el primer paso de una reflexión ética “salvífica”, como se sabe, es la autocrítica. La consolidación de un movimiento de prensa independiente en Cuba, o por lo menos la agrupación de un grupo de personas que diariamente, y por vía telefónica, comunican al exterior las cosas que a diario suceden dentro de la isla, está haciendo prácticamente fútil el viaje como vía de obtención de noticias. Las noticias que trae un becario norteamericano que se ha pasado un mes en la isla, así como aquellas que nos da un balsero que lleva una semana en el mar, son ellas mismas obsoletas respecto al periodista que, estando todavía en la isla, reporta la noticia de la mañana. Eso aclara el campo de trabajo de la llamada cubanología. Lo importante ahora es el punto de vista, la capacidad de elaboración teórica, el valor heurístico de sus postulados. La antigua moda académica de “tener la última” sobre Cuba está siendo desplazada, por fín, hacia el área intelectual que siempre debió ocuparse de ella: el periodismo. Alerta también con la narrativa, sobre todo con esa que se llama “testimonial”. En la medida en que la prensa cubana cumpla su trabajo, el creador de ficción ganará espacio sobre el transmisor de acontecimientos. La pujante prensa independienete en Cuba pondrá en jaque también al cine cubano, a la fotografía, a la canción; en fín, a todo ese mundo cultural que las grandes encrucijadas políticas engendran como una suerte de “arte de denuncia”. De más está decir que el pensamiento social correrá los mismos riesgos. Solo se salvará aquella reflexión social que aborde el tema en un nuevo nivel; en tercer o cuarto orden donde, por cierto, la belleza de la escritura sería algo a considerar. Por el momento, la prensa cubana independiente todavía no ha sido capaz de generar una zona de competencia reflexiva sobre el universo noticioso que reporta; tampoco ha podido articularse a un mundo de opinión dentro de la propia isla. Solo aprovechando estas irrealizaciones, los estudios sobre Cuba ancharán sus canales y sortearán la esclerosis intelectual que acecha desde la tradición. Emilio Ichikawa. Mayo, 2003. |
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