Nombrar a Fidel Castro


Según afirma una amiga, en Miami se le da demasiado importancia a Fidel Castro; opina que, quizás, los
cubanos haríamos bien en inventarnos, y hasta disfrutar, una Cuba sin su presencia verbal. Para lograrlo
ella le dice “el inombrable”, tal y como aseguran que hacía María Zambrano con Franco.

Es una buena opción ya que Zambrano, conocedora  del pensamiento sufí, sabía que el nombrar es una
suerte de invocación. Una llamada.

Vale decir también que el afán de predecir las cosas que vendrán funciona como un maleficio, una
“sapería” que auyenta con la sola pronunciación la posibilidad de que el camino afirmado se abra. A los
profetas Dante los llevaba al último círculo del infierno. Es lo que parece suceder cuando se accede a
responder la pregunta de los millones: ¿qué va a pasar en Cuba?. Con cada adivinación explícita, se
cierra la posibilidad de traspasar la puerta aseverada; así solo sea porque se alerta al otro acerca del final
posible.

Pero volviendo a los nombres dados a Fidel Castro, no creo que llamarle “el innombrable” resuelva mucho
la cuestión, ya que se supone, después de escuchar las razones de esa innombrabilidad, que en Cuba
inombrable hay apenas uno. Solo él. Es conocida una anécdota (o cuento) según la cual un hombre fue
encarcelado por haber escrito “Abajo quien tú sabes”. Más claro ni el agua: “quien tú sabes” es
sencillamente “el innombrable”.

Aunque a algunos de sus defensores no le ha gustado porque dicen que es una persona muy delicada y
sensible (yo no lo conozco pero algunos adulones lo afirman), a Fidel Castro, para no decirle tal, se le
apoda “el caballo”. En ciertas guías de turismo aparece como “The horse”, así que está casi formalmente
aceptado. ¿Por qué el caballo? Pues porque a través de ese nombre se expresa también una torcida
admiración al personaje: el poderoso, el tramposo, el dueño del destino insular por casi medio siglo. El
caballo: el número 1 en la charada.

También se le han puesto apodos más relajados, que hablan de él como un síntoma inevitable, como una
molestia cotidiana que la gente asume con resignación; como paisaje de una ínsula política más insólita
que la de Sancho Panza. Entre todos ellos es muy frecuente el uso del sobrenombre “Fifo” (casi empre
con el artículo: “el Fifo”), el cual otra  colega viñamarina  desaconsejara con el siguiente argumento: “Es
mejor que le digan de otra forma, nadie va a creer en la crueldad de una persona que se le llame de una
forma tan familiar: Fifo parece nombre de mascota.” Al otro extremo de este aparece “la bestia roja de
Birán”, que escuché alguna vez en la radio.

Se le identifica también con otro animal: el dinosaurio. Y esto es exacto. En política, Fidel Castro no tiene
contemporáneos; el ha sobrevivido las glaciaciones y mira a sus homólogos con la curiosidad y soberbia
que un dinosaurio pudiera mirar a una oveja recién clonada: como una advenediza en el zoológico.

Ser un dinosaurio es un capital político que Castro, “el innombrable”, sabe explotar con eficiencia. El sabe
que es un ejemplar curioso, en algunos puntos a veces hasta imprescindible. Conserva la memoria de
viejos tiempos, convivió con ejemplares ya desaparecidos y puede preparar sobre ellos las versiones más
curiosas. Para hablar de historia Castro no utiliza archivos: él mismo es un documento viviente. ¿Qué
puede parecerle un político joven como Aznar a un viejo camaján de la política como Fidel Castro?. Pues
él mismo lo ha dicho: un “caballerito”, un “fuhrercito” amateur en la política.

Ahora bien, el problema radica en si ese Dinosaurio es capaz de renovarse en su descendencia o puede
reproducir la especie. O hacer las dos cosas al mismo tiempo, que sería lo más realista. Al final, a pesar
de las alertas de aquella amiga, seguimos insistiendo en Fidel Castro como si fuera el único sujeto de la
historia cubana del último medio siglo. Y nos movemos entre dos creencias que se permutan: no habrá
cambios en Cuba mientras “el inombrable” esté ahí; los cambion se pueden dar, y se dan, a pesar de su
presencia.

Agosto-2003.


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