Ni la historia ni la guerra fría: Korea y Cuba

Caía el muro de Berlín y Francis Fukuyama certificaba el fín de la historia y de la guerra fría. Jurgen Habermas, por su
parte, aseguraba el advenimiento de las identidades postnacionales. Entonces... ocurrió lo contrario. El nacionalismo
alemán empezó a expresarse en nombre de Europa y varios estados ex-yugoslavos entraron al mundo global a través
de un patriotismo guerrero. No había acabado la historia; tampoco, la guerra fría.

Es lo que parece reconocer el mismo Fukuyama en un trabajo publicado en un reciente número de Foreing Affairs
(enero-febrero 2005) titulado Re-Envisioning Asia. Aunque los contextos han cambiado desde post-guerra, hay una
continuidad estratégica y un sistema permanente de intereses fijado desde entonces.

La agenda asiática que tiene el gobierno de Bush en este segundo término puede resumirse en tres puntos:

a-El diferendo China-Taiwán.
b-El terrorismo islámico en el sureste.
c-La carrera nuclear norcoreana.

La guerra económica con Japón parece ya cosa del pasado; comparada incluso con la necesidad de reformar el
artículo 9 de la Constitución en aras de legitimar una participación más activa de Japón como posible aliado militar.

La reciente declaración norcoreana sobre la efectiva posesión de armamento nuclear es un reto para la diplomacia
norteamericana. La desfachatada confesión contrasta con la existencia de dos elementos favorables a la solución
negociada: la apuesta norteamericana por esa vía y la existencia en Corea del Sur de una juventud pacifista
acostumbrada a vivir en el bienestar y dispuesta a conservar sus niveles de consumo y hedonismo.

Cuba es otra ficha de la guerra fría. Castro, el marxismo criollo, la Ley de Ajuste Cubano, el exilio político, los balseros,
etc., no son cosas del pasado sino de un presente retroactivo. Tienen que ver, en efecto, con la guerra fría y con la
historia: dos sobrevivientes del fallido diagnóstico de Francis Fukuyama.

La agenda de cubana de Bush podría tener cierta analogía con su agenda asiática, pero en una tesitura más bien
cómica. El programa nuclear cubano está casi desactivado, el antiamericanismo castrista es la mascarada retórica de
una diplomacia secreta pródiga  en ofertas de buen comportamiento hacia el poder imperial y la relación de Castro con
el terrorismo, aunque existe, puede ser traicionada si se le garantizan otras cosas a cambio.

Fidel Castro no es un guerrero dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias por un ideal, sino un animal
práctico que por mantenerse en el poder puede delatar a los guerrilleros que apoya, entregar a los etarras o
encargarse él mismo de los prisioneros de Al Qaida de la Base Naval de Guantánamo.

     
Al igual que en Korea del Norte, los norteamericanos  favorecen en Cuba una salida negociada. A pesar de lo que diga
Castro, las bases de una política norteamericana hacia Cuba, expuestas en el Informe Ejecutivo de la Comisión para
una Cuba Libre más bien  se pasa en opciones de compromiso con las actuales instituciones políticas de la isla.

Tampoco la juventud habanera desea un eventual conflicto armado; por razones contrarias a la juventud coreana,
precisamente por haber vivido en la indigencia, ansía un mundo pacífico donde las posibilidades de consumir sean
infinitas.

Esa juventud cubana, por cierto, también tiene marcados sentimientos hacia los coreanos del norte, esos robotizados
camaradas que andaban por La Habana con una espina clavada en el pecho guardando una foto de Kim Il Sung y un
cucharón en la mano para delatarse mutuamente durante la sopa nocturna.


Febrero-2005.

 


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