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Mr. Hedges: un americano en La Habana.

Hacia el centro-oeste de la ciudad de La Habana se extiende la cuenca del Río Ariguanabo. Alrededor de
sus meandros y yagrumas han trabajado y descansado los pueblos de Ceiba, San Antonio, Caimito, Corralillo
y Bauta.

Al derramarse sobre la llanura el río forma una laguna. En medio de esas aguas dulces emerge un curioso
islote llamado El Cayo de la Rosa. En él se localiza la Textilera de Ariguanabo, que perteneció a la familia
Hedges, originaria de Long Island.

Fue administrada  por Dayton y Burke (Alberto) Hedges, quien aún se recuerda en el pueblo de Bauta
sencillamente como “el americano”. Quiere esto decir que, a nivel de historia local, esa porción de cubanos
que vivió en torno a la Textilera Ariguanabo no compara la República con la Revolución, ni la dictadura de
Batista con la tiranía de Castro; para las gentes de esos pueblos el posicionamiento para evaluar las últimas
décadas de historia cubana se consigue evocando “los tiempos del americano” en relación con los que
actualmente corren en  el poblado.

El recuerdo de la época de Míster Hedges en la Textilera Ariguanabo conforma una
suerte de utopía de los pueblos del oeste habanero. Se le tiene como hombre justo, buen pagador y protector
de sus trabajadores. Algo que contrasta con la insolente actitud de los dos “interventores” revolucionarios de
la fábrica: Ernesto Guevara y Bernabé Ordaz. El primero llegó a censurar los chistes de los obreros y
demostró total extrañamiento respecto a su psicología.

En manos de los Hedges la Textilera de Ariguanabo fue un proyecto civil y cultural integrativo. Incluía un
avanzado programa de seguridad social, campaña por el prestigio del empleo, construcción de un estadio
de béisbol, casa de socorros, aeropuerto, estación de bomberos, guarderías infantiles y el financiamiento de
varias publicaciones para dar cobertura a los eventos locales y nacionales. Introdujeron turnos rotativos de
seis horas y un excelente sistema de créditos, vacaciones y retiros.

Todo esto fue eliminado por la Revolución de 1959, para al cabo entregar la fábrica a nuevos inversores
extranjeros; menos eficientes y más ávidos. Como símbolo de esta destrucción  algunos recuerdan la saña
con que la estatua del primero de los Hedges fue arrastrada por el suelo, bajo los mismos laureles que había
ayudado a cultivar.

Al proyecto textil de Ariguanabo seguramente se le pueden objetar algunas cosas; por ejemplo, que no todos
los habitantes de esos pueblos tenían aceso a su plantilla y que era muy exigente el proceso de
recomendación y selección de los empleados. Eso podría ser cierto, pero la misma propaganda castrista ha
contribuído a que se haya interpuesto una visión nostálgica de la época en que “el americano”
administraba la Textilera.

Junto a Santa Fe y Jaimanitas, el pueblo de Bauta conforma una suerte de vanguardia cultural “pop-rock”
que no se ha entendido muy bien con la solemnidad castrista. Fidel Castro fracasó en un intento por seducir
a la juventud del pueblo de Bauta para su ataque al Cuartel Moncada y tuvo que seguir rumbo a Artemisa;
este episodio es un orgullo en la historia bautense.

Isabela de Sagua es con seguridad el pueblo pionero, pero Bauta está entre los que le siguen en la
contestación al totalitarismo castrista.

A la altura de 1959 existían en Bauta solamente dos comunistas conocidos; hasta donde se sabe, fueron
personas honestas: Pepe Pego y Segundo Maleta, les llamaban. Ellos fueron, al igual que Mr. Hedges, objeto
de la ira de los nuevos comunistas de Castro. Esto  desnuda una vez más el gran secreto de la historia de
Cuba: no fue Revolución sino envidia. No hubo justicia: hubo venganza.

La historia de las naciones no debe ser diferente a la historia de los pueblos que las conforman. De ahí que
cuando se habla de antes y después, de americanismo y antiyanquismo, es bueno tener a la vista la historia
de la gente real y no las abstracciones inventadas por la propaganda.

Emilio Ichikawa.