El mirahuequismo ilustrado o la venganza de la identidad

                              para mi amigo PD,
                              brillante polemista
                              y heraldo de Jeremy Rifkin.



Dice Diógenes, el de Laercio no el de Sinope, que alguna vez su tocayo entró con soberbia en casa de Platón
violando el pacto inefable.  Mientras caminaba por una alfombra recién estrenada amenazó:

-"¡Miren como pisoteo la soberbia de Platón!".

El anfitrión lo esperó tranquilito al final de la estera y le soltó una estocada maestra:

-"Sí, pero con otra soberbia."

Por si fuera poco el Maestro, ese de quien escribieron que no escribió nada, le dió el descabello; lo remató
de inconsecuencia:

-"Diógenes, por los huecos de tu manto observo tu vanidad".

(Debería estudiarse el rol del "raspe" en la historia del pensamiento, incluyendo el budista, por supuesto).

A mí ciertamente me gusta más Diógenes que Sócrates; favoritismo que es una de las mejores cosechas de
las desesperadas lecturas de Foucault; estoy casi convencido de que se le tenía muchísima envidia a los
cínicos y los sofistas, y que la plebe  letrada no dejó de "institucionalizar" (!bendito verbo!) en contra de ellos.
Hay que leer las primeras páginas del Cratilo para comprobar el resentimiento que la chusma espirituosa
sentía en medio de su colectiva soledad.

Decía que prefiero a Diógenes, pero esta vez fue él quien perdió. A calle. Y no solo por estar en minoría, sino
por estar predeterminado: le molestó la guasa ajena y se proyectó de forma negativa contra ella. Lo que se
hace por mala fe, a la mala fe conduce. Por un momento fue infiel a su mascarada y quiso, en lugar de
divertirse, dar una lección moral.

Y ahí fue donde cayó, víctima de traición a su propia posición contrafilosófica: "Por los agujeros de tu manto
veo..."

Cuando Heidegger decía que Grecia era el "alba destinal" de Occidente establecía que cualquier fundación
o "novedad" creativa podía remitirse a la antiguedad sin nigún tipo de complejo: Grecia es alba, y también
meta. Destino. De ahí que todos los imperios generen un esfuerzo epifenoménico por ponerse en contacto
con lo helénico sin mediaciones. La lucha clásica contra esa mediación fue el desmarcaje de la latinidad,
pues Roma fue, en verdad, el primer y único intérprete griego.

Lo intentó Lutero, Holderling y hoy lo hace el discutido Harold Bloom para los americanos: detrás de toda esa
pantalla crítico-literaria está la participación en un programa mayor: tirar la cuerda desde norteamérica a
Grecia; presentar a la cultura norteamericana "como si fuera" el resultado legítimo de aquella. Ojo con esto.

Es este sentido, puede ser curioso referir uno de los trasfondos que se perciben cuando encontramos a los
cubanos debatiendo la naturaleza y el tipo de civilizaciones en conflicto. Es interesante, tanto en el caso de
los estudiosos serios como en el de los "doxólogos" criollos (llamo así a algunos periodistas muy entusiastas
que han oído campanas pero no saben muy bien de qué va la cosa; el pesar es mío pero el término es
kantiano) observar por el agujero del manto: mirar hueco (no huecamente).

Creer que el pensamiento posee determinaciones que van más allá de él mismo, es decir, más allá de lo
pensado, es uno de los dos grandes prismas en que puede entenderse el espíritu: es la variante
"jamesbond", suspicaz. Una vez posicionados en su lógica, ese "más allá" puede adquirir forma de
"estructura económica", "inconciente", "voluntad de poder", espíritu del pueblo, vanidad, etc.

Pero el pensamiento también posee una función terapéutica; las identidades volátiles, sobre todo aquellas
que están en constante proceso de quiebre y rectificación como es la "identidad exiliar", generan un tipo de
pensamiento que se inclina hacia una variante afectiva de  aquello que Fichte llamara "egología". En estos
casos el pensamiento funciona como un autoapología del yo; es un gesto de reafirmación epistémica que
incluye, como uno de sus grandes momentos, la exaltación del contexto, la glorificación de la ciudad, o el
pueblo, o el camino que acoge a ese peregrino del ser que es el exiliado.

En el caso de la diáspora cubana, o como se la quiera llamar, este elemento es notable: cada cual cree que
está exiliado en el mejor lugar del mundo. México, Madrid, Honolulu, Barcelona, Union City, New York, incluso
La Habana, a la que podemos considerar otra urbe exiliar de los cubanos, pasa por ese filtro edulcorador
dedicado a apaciguar la desgracia del ciudadano errante.

En La Habana, no obstante, se puede dar la versión contraria: es el peor lugar del mundo. Pero aún quienes
 lo piensan, llegado el caso, presentan la máscara alternativa. "Me quedo con mi Habana", donde el
pronombre posesivo expresa el desespero de la criatura aferrada.

Creo que la participación de algunos pensadores de origen cubano en el debate civilizatorio contemporáneo
(que incluye un amplio margen de tópicos: terrorismo, antiamericanismo, gastronomía, naturaleza  del
dinero, turismo, tipo de entretenimiento, deportes, etc.) está sobredeterminado por la necesidad señalada
anteriormente, por lo que no se puede distinguir con exactitud cuando se trata de un pensamiento emitido
para dirimir una hipótesis o cuando para apaciguar una frustración existencial.

Quines se han exiliado en Europa tienden a pensar que Estados Unidos es una civilización en crisis; se
inclinan naturalmente a creer esto, así, "sentimentalmente", aunque no manejen argumentos que sostengan
la conclusión (aliñada a veces con una paradójica admiración negativa). Los que están en Estados Unidos,
suponen que se trata del mejor o el peor sitio del mundo, el paraíso o la destrucción, dos visiones extremas
que satisfacen el patrón hegemónico de exclusivismo generado por la propia imperialidad norteamericana.

Desde Cuba llegan voces de evidente filoyanquismo, pero también existe quien asegura que Estados Unidos
es el último lugar del mundo que en se quedaría. Y Miami, el último sitio de ese último lugar. Como
contrapeso tenemos que cada día es más activa una facción de intelectuales cubanos que cree que Miami
es la mejor ciudad del mundo para crear cubanía, incluso "latinoamericanía".

Me encantaría leer las críticas a Europa y el elogio a los Estados Unidos por parte de los creadores cubanos
exiliados en esa zona postnacional; como dicen los que saben, hay que dar crédito a quien se atreve a
opinar aquello que le puede perjudicar, al menos lo que le puele doler. La crítica a Bush no es suficiente
para significar que un pensador es audaz. Bush está demasiado lejos, incluso más lejos que Castro. La
crítica a Bush además de frívola es fútil, pertenece al cash y al caché: es algo que se espera de cada uno
de nosotros.  Valiente es quien critique al poder que le puede afectar, por ejemplo, al jefe del departamento,
al secretario del partido, al director del periódico o de la editorial.

Por otra parte hay que decir que el elogio a Bush es casi un suicidio intelectual, requiere demasiado valor,
casi temeridad; y por supuesto que no seré yo quien lo haga.

Elogiar a Europa o elogiar a los Estdos Unidos es una forma indirecta de ejercer la cubanidad narcisista. Es
una venganza de la identidad. Arde de nacionalismo nuestra filosofía global como de criollismo la nieve de
Casal. Ejercicio vergonzante que utiliza para entrar la puerta del fondo. La misma soberbia, la misma falta
de capacidad autocrítica que tiene como contraparte el docentismo amanerado que nos viene de un linaje
intelectual muy desacomodado con la gente que le rodea. ?Cómo creer que pueden salvar a un país unos
tipos que previamente expresan su inconformidad con la naturaleza de la gente que quieren redimir?.

Ni siquiera el gran José Antonio Saco entendió que el juego en Cuba no era solo un vicio, sino también una
institución de la modernidad cubana; como el "murito" o la esquina. En los pasillos de una universidad
cubana se desarrolla más el pensamiento social que en cualquiera de sus aulas. Cintio Vitier tampoco
comprende que a los jóvenes cubanos no les interesan sus discursos nacionalistas ni sus poemas salvíficos,   
sino los versos simples y amorosos de José Angel Buesa.  No es una preferencia que se da por error sino por
naturaleza.  

No hay conflicto entre civilización y barbarie, ni entre Europa y los Estados Unidos, sino entre ganas de vivir y
despotismo ilustrado.

nov. 2004.



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