Las latitudes del poder y la censura extraterritorial

Aunque la mayoría son reconstrucciones apócrifas, de cualquier modo en la historia de la revolución cubana faltan
los episodios gallardos: el del general que acaricia su perro después de ganar o perder una batalla (el último Hitler
de Downfall es patético), el del verdugo que pone en crisis al cura al confesarle sus razones, el del dictador que
dialoga con el poeta acerca del sentido de la historia.

Y es que la revolución cubana se define, por encima de toda su coloratura fenomenológica, por el ejercicio
substancialista de una voluntad de poder descomunal. Desde el punto de vista de una filosofía y hasta de una
metafísica de la historia es la voluntad de Fidel Castro, “el sujeto” activo (quizás el único sujeto de “el proceso”),
quien rapta todo el sentido. El análisis que de aquí resulta es subjetivo y personalista no por método sino por
definición. No estamos “eligiendo” u “optando” entender este segmento histórico desde la subjetividad, es que esta
historia es objetivamente subjetiva, biográfica, incluso onírica.

Algunos intelectuales orgánicos (extra) reformistas de los años `90 como Rafael Hernández, Julio Carranza, Aurelio
Alonso, etc., quisieron creer que existía una subjetividad alternativa en el ámbito de la revolución; concretamente,
propagaron la tesis de que en Cuba pasaban cosas al magen, incluso en cxontra de la voluntad de Fidel Castro;
tesis que, más allá de sus implicaciones políticas y morales, constituye un error teórico. No es Marx, sino Nietzsche
(y quizás Freud) quien permite dar cuenta de la intríngulis del castrismo. La ecuación es simple: la capacidad
explicativa del marxismo es directamente proporcional a la “extensividad” (duración o protagonismo)  del evento
histórico que se trata de explicar. Ergo: en el caso de un evento puntual, como es una revolución personalista, su
capacidad explicativa es casi nula.

No ha existido, por cierto, ninguna autocrítica intelectual al respecto; entre los intelectuales cubanos, tan dados a
“decir las cosas que vendrán”, como ya observara el Padre Las Casas, la sencilla y liberadora frase “me equivoqué”
no existe.

Más de una vez el poeta Heberto Padilla narró los desaires personales que le hizo Fidel Castro en nombre de la
historia. Para Castro “la revolución justifica los medios”, por lo que no existe otro camino que la política para dialogar
con el destino: la poesía, al arte, la moral, incluso la religión son medios para profundizar la huella biográfica.

Es esa subvaloración del entorno lo que explica que, de facto, Fidel Castro no haya reprimido de manera directa a
muchas personas. Es decir, hasta en eso el castrismo sería discriminatorio: tiene víctimas elegidas.  
Matemáticamente, bastaría que ejerciera su poder sobre quince personas, que a su vez lo ejerzan cada una sobre
quince más y, a la vuelta ( en la Cuba profunda esta operación es conocida como “kilo a la dobladilla”), ya
tendríamos una red de dominación sobre millones de gentes funcionando en su estilo.

Es decir, la mayoría de las personas que han escapado de Cuba no lo han hecho por librarse de la represión
directa de Fidel Castro, sino por emanciparse de un sistema de dominación que se ha derramado con complicidad
desde una cúspide autoritaria y se ha puesto a circular en todas direcciones como una “totalidad”. La mayoría de los
intelectuales, por ejemplo, han conocido la falta de libertad del castrismo de forma oblicua; viabilizada en forma de
envidia del colega mediocre, de censura del jefe de departamento, de sanción ideológica del Decano, o el
presidente de la UNEAC de cierta instancia, de subvaloración rectoral, ministerial, etc. Una visita polémica del
Comandante en Jefe casi nunca se ha producido.

El intelectual cubano no se exilia porque Fidel Castro le haya roto un libro o rasgado un lienzo en su cara; porque le
haya pospuesto personalmente una exposión o negado un viaje, sino porque, en su nombre, han tenido iniciativa
sobre estas acciones gente que participa en la cotidianidad de la víctima. Gente que, a su vez, es fiscalizada por
otras gentes situadas en una latitud política superior, y a la que Fidel Castro también le queda, por lo general,
demasiado arriba para funcionar como represor directo. Los censores también tienen, como el primer censurado de
la cadena represiva, motivos para disentir o exiliarse.

Eso es lo que explica que aquí en Miami, por ejemplo, se esté terminando de reproducir, al menos
demográficamente, un ambiente promiscuo de represores y reprimidos de varios niveles con funcionalidad
permutable. Los censores, por supuesto, han llegado con algunos de sus hábitos, conservando varias de sus
relaciones e influencias; y, lo que es más importante, un núcleo intransferible de códigos ideológicos y de moralidad
(“quien lo fue, lo es”, se dice a veces con elocuente simplismo). Los menos decididos a la ruptura  todavía
mantienen relaciones con las autoridades culturales cubanas, e incluso, con las mismas autoridades académicas
norteamericanas que les garantizaban un poder en la isla en términos de administración de prestigio. Cuando se
revisa la lista de los nuevos fiscales y censores, mecenas y patrocinadores, se me repiten demasiados nombres
respecto a la lista que se tenía en Cuba.

Estamos, pues, ante un caso de “censura extraterritorial”, lo que pone en entredicho que un exilio sea capaz de
garantizar, automáticamente, una libertad de creación irrestricta. Lo más realista es considerar que la democracia
da la posibilidad de ejercer la crítica y la originalidad intelectual libremente, pero el proceso de su realización va
ligado a otros ingredientes sentivos y morales que, me atrevo a decirlo, tienen rasgos de universalidad.

Oct.2005.

 


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