La importancia práctica de enseñar historia. (1)

Estimados amigos:

Nos reunimos esta tarde como en otros tiempos. Como en los tiempos de siempre, un tanto desconocidos para
mí. Le decía ayer al Sr. José Berenger, quien con toda amabilidad me ha invitado a hablarles, que no quería
improvisar, que deseaba preparar un discurso a la manera que, sospecho, se hacía en una reunión del Club
Rotario, en alguna sociedad, casino, alianza, liga o cualquiera de esas otras instituciones cívico-culturales que
dibujan una sociedad civil.

Quiero agradecerles también el permitir hacerme acompañar en esta charla por dos buenos amigos: el pintor
Humberto Calzada, y el joven cineasta Oscar Alcalde, formado en la tradición de la prestigiosa escuela de cine
ruso. Una vez más, gracias.

Tiene cierta relevancia comprender qué significa reunirnos a hablar de historia en este hermoso club, en este
placentero sábado, mientras la ciudad de Miami se divierte, canta y crece. Es necesario dejar esclarecido qué
podemos representar; y para ello quiero acceder a una pequeña meditación.

Como todos sabemos, existen en la tradición de Occidente dos posiciones valorativas acerca del conocimiento:

1-Una primera, la más compartida, que considera que el conocimiento es un valor, incluso un poder. Lo que
enseñó Francis Bacon no fue que “saber es poder”, sino que ya era poder sospechar precisamente eso.

2-Pero hay una segunda alternativa, paradójicamente defendida a veces por individuos que han estudiado mucho,
que asume el conocimiento como un antivalor. Cree que es malo el saber, y peor, el saber demasiado. Es una
alternativa que algunos pensadores han trabajado a partir de la interpretación libre (torcida dirá alguno de
ustedes) de una conocida tradición de la mitología cristiana: “El árbol del conocimiento ha matado el árbol de la
vida”. Se puede apreciar esa tesis, por ejemplo, en la obra del filósofo danés Soren Kierkegaard.

Entre quienes comparten la primera opción, probablemente todos los que estamos aquí hoy, se bifurcan sin
embargo dos posiciones acerca de la difusión de eso que llamamos conocimiento y que entendemos como valor.

1-Están quienes creen que, por ser precisamente un valor, el saber no puede divulgarse irrestrictamente. Solo
debiera estar en manos de personas éticamente responsables que lo administren y lo compartan según niveles,
círculos y grados. Lo hicieron los pitagóricos, los masones, los budistas y muchas de las instituciones de
máximo rigor científico de la actualidad como la NASA. Una amiga solía citar a propósito una frase que
adjudicada a Brecht (que en broma llamaban el dramaturgo cubano más importante de los años `80): “Peor que
un tonto es un tonto con razón.”

2-Otros consideran que, por lo mismo, es decir, por ser un valor positivo, el saber debe hacerse público y estar al
alcance del mayor número de personas posible. Si de todas, pues mejor. Este fue el ideal de la Ilustración, que
por demás inspiró a déspotas iluminados como Catalina de Rusia y Federico de Prusia en la fundación de la
educación pública.

Yo creo que en esta tarde de hoy, sin olvidar ese elemento democrático de la Ilustración, vamos a inclinarnos sin
embargo al estilo del saber iniciático. Debemos hablar con sinceridad y también con responsabilidad, vamos
seguramente a tocar puntos que no llegarán, que no pueden llegar a los medios de difusión más amplios, pues
vamos a referirnos a los usos prácticos de la historia. Incluso a su “manipulación”, y no sé si nos asista para ello
algún derecho.

En marzo de 1882 el historiador francés Ernest Renán ofreció en la Sorbona una esclarecedora conferencia
(todavía muy citada) titulada ¿Qué es una nación?; entre todas las cosas interesantes que señaló hay una que,
por su cínica franqueza, debe incitarnos a la discusión. Decía Renán que el “error” histórico, incluso la “mentira”,
son necesarios para fundar una nación.

Una nación no se funda o consolida dudando previamente de sí misma. Una historia nacional no está exenta de
capítulos bochornosos y rebajadores que dificultarían la confianza patriótica. Una cultura posee vacíos e
incompletitudes que pueden descalificarla para presentarse como una suerte de emblema de virtud. Una tradición
política contiene crímenes, ridículos, traiciones y abusos que manchan la probidad de un pueblo, una clase y
hasta de una élite. ¿Qué hacer con todas estas máculas? ¿Darlas a conocer de manera irrestricta? ¿Puede
llevarnos el respeto a la verdad y la objetividad a la aceptación pública de nuestra imperfección? ¿Debemos
publicar las verdades convenientes junto a las verdades humillantes? ¿Estaremos preparados para sacar fuerzas
de nuestros defectos igual que de nuestras virtudes?.

Mi respuesta hasta el momento: No sé. Y es esa incertidumbre la que me estimula a compartir esta otra
pregunta de mayor actualidad: ¿Qué vamos a hacer, qué vuelta le vamos a dar a la evidencia histórica de que el
pueblo cubano ha soportado por medio siglo una dictadura (en verdad una tiranía) que emula en duración con la
misma República? Aunque Castro muera el problema ya está planteado: ¿qué vamos a decir en las escuelas de
mañana, qué excusas o argumentos podemos dar a las próximas generaciones o, sin ir más lejos, a los
hermanos chilenos o nicaragüenses, o polacos y checos, que han sabido sortear sus propias dictaduras?.

Creo que son cuestiones que no podemos resolver en una sola tarde. Quizás debamos reunirnos más a menudo.
Pero lo cierto que estos problemas nos llevan directamente al asunto que he traído hoy, es decir, al sentido
practico que debe tener una enseñanza de la historia y, dentro de ella, a la inevitable revisión que esa historia
debe tener de cara al futuro y no solo, y no tanto, de cara al pasado.

No se trata solo de restituir una historia republicana ciertamente escamoteada por la enseñanza oficial castrista,
sino de escribir una historia que ayude a encontrar una salida cubana. Y hacerlo desde ya, pues a los cubanos
se nos ha creado una difícil situación: tenemos una nación con varios territorios y al menos dos historias,
dotadas con calendarios distintos, con héroes y antihéroes diferentes, con hechos dispares, o similares, pero
sometidos a interpretaciones contradictorias.

El proceso de completamiento de una historia nacional lleva un curso natural, espontáneo, no dirigista. Pero
puede ser enfocado también como parte del programa conciente de una vanguardia cultural y cívica. Hay
documentación que muestra que a fines de los años `20 y durante la década del `30 intelectuales de la estatura
de José Lezama Lima y Fernando Ortiz intercambiaron correspondencia acerca del vacío mitológico que
(comparativamente con otras naciones, México por ejemplo) ofrecía la cultura cubana. Y se dieron a la
intencional tarea de “llenarlo”, apelando uno a la programación de una enjundiosa historia de la poesía cubana, y
el otro al diseño de una cubanidad cultural íntegra que incluía desde la casi celebración de todos sus “factores
humanos” hasta la celebración de una llamada “tecnología taina y siboney”.

Desde 1942 lo que fue iniciativa historiográfica de personalidades e intelectuales nacionalistas con
responsabilidad individual pasó a ser una línea de trabajo institucionalizada por los Congresos Nacionales de
Historia, auspiciados por la Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales y la Oficina del
Historiador de la Ciudad. Importante y polémica fue la participación en torno a los mismos de los historiadores
Herminio Portell Vilá y Emilio Roig de Leuchering.

Hasta el año 1959, en que se hace el balance general de este trabajo de cónclave, se celebraron 12 Congresos.
Todos bajo el espíritu general de la reunión fundadora, que el 27 de febrero de 1942 acordara como finalidad:

Promover el mayor auge de los estudios históricos,
y alentar su cultivo, así como difundir el conocimien-
to de la historia más allá del círculo de los espcialistas,
hasta el corazón mismo del pueblo, a fin de que ese co-
nocimiento lleve a la reafirmación permanente de la fe
cubana en la evocución histórica de la nacionalidda y es-
timule el más sano patriotismo.

He subrayado la frase “fe cubana” para indicar que nuestros esfuerzos de “revisión” y completamiento
historiográfico, aún cuando puedan lesionar esa “fe”, no deben ser inconcientes; y en algunos casos tampoco
inocentes.

Hacer historia con vistas a una “fe” nos devuelve al problema planteado, al trabajoso problema que significa hacer
creer a una nación en las posibilidades de su destino. A una nación que, junto a la extroversión de una
descomunal autoestima que roza a veces la insolencia, alberga sin embargo momentos de franca desconfianza y
falta de seguridad en sí misma. Estoy convencido que a esta altura el mal se puede considerar consumado, y
creo firmemente que la nación cubana requiere una fuerte terapia moral; puede incluso que una “terapia de
choque”, como ha sido el exilio para muchos de nosotros.

El sentido práctico de una enseñanza de la historia exige la formulación propositiva de eso que los
norteamericanos llaman “interés nacional” y que los cubanos tenemos aún un poco indeterminado. A su vez,
este proceso conllevará a un planteamiento diferenciado de los contenidos historiográficos según los niveles de
enseñanza: primaria, secundaria, preuniversitaria, universitaria y postgraduada; escalón superior donde supongo
no debe haber ninguna restricción a la investigación: ni política, ni moral, ni religiosa. Se contará solamente con
la natural presión familiar o grupal, con ese “peer pressure” que no por focal le exigirá menos valor a quien
incursione en la investigación social.

No voy a extenderme en esta ocasión sobre lo que acordaron esos antecesores nuestros en aquellos Congresos
Nacionales de Historia celebrados en la República. Solo citaré algunas de sus directrices para que se
compruebe que la factura de una historia nacional implica el ejercicio de una autoridad, el planteamiento de un
objetivo y el trabajo consensuado a favor del mismo.

Se acordó en el I Congreso de 1942:

a-La enseñanza de la Historia de Cuba, en relación con la historia de América debe proceder “…evitando
cualquier interpretación tendenciosa o exageración de incidentes que puedan impedir la realización de una
sincera y fuerte solidaridad Americana”. (p. 18) (2)

b-“La enseñanza de la Historia de Cuba deberá proponerse como fin esencial la consolidación del espíritu de
nuestra nacionalidad, realzando los valores positivos…” (ibid).

c-Estipula ese Congreso primero: “Que se redacte un nuevo curso de Historia de Cuba con un sentido
nacionalista, en el que se eliminen todos aquellos elementos que no producen valores efectivos…” (p. 22)

d-Ilustra muy bien esta intencionalidad práctica de la escritura y enseñanza de la historia este acuerdo del III
Congreso Nacional de Historia de 1944: “Dar a la enseñanza de la historia en la escuela primaria el mayor valor
emotivo y consecuentemente una dirección épica, destinada a provocar el juicio histórico.” (p. 23)

e-Por demás, el II Congreso de 1943 había orientado que los libros de textos de Historia de Cuba que se
escribieran para los Centros Secundarios tuvieran “…un preciso sentido nacionalista, de exaltación de lo cubano,
para lograr la formación del sentimiento patriótico en nuestra juventud escolar…” (p.24)

Existe una definición de Gracián que siempre he utilizado en sentido peyorativo pero que ahora me gustaría
emplear para destacar el compromiso político que tiene el historiador. Un compromiso que le viene de estar
situado, a veces incluso por vanidad, tan cerca de los centros de poder. Decía Gracián, esta es su definición,
que los historiadores son “ministros de la fama”.

Que se utilice pues esa ubicación por todos los que intentan ejercer la memoria aún sin ser historiadores
profesionales, para dar alguna dirección a la insoportable perplejidad que a veces perturba la confianza.

Por último quisiera proponer que para fines de año celebremos una jornada de revisión histórica que tenga por
lema “Memoria y escritura de la historia”; es decir, un encuentro donde cada cual presente una breve
comunicación, un sencillo aporte con la siguiente estructura: lo escribieron así, pero yo lo recuerdo de esta
manera. Escritura oficial a un lado, vivencia y memoria testimonial al otro. Todos tenemos alguna verdad por
revelar, un testimonio por ofrecer, una noticia que rectificar. Ojalá podamos hacer algo por llevar la luz a esa
historia nuestra tan trajinada.

Muchas gracias.

Emilio Ichikawa.
Abril-2005.

Notas:

(1)-Estas palabras fueron leídas en un almuerzo ofrecido en el Key Biscayne Yatch Club, el Sábado 9
de abril de 2005..
(2)-Las citas señaladas han sido tomadas de Revaloración de la Historia de Cuba por los Congresos
Nacionales de Historia. Editado por la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana. La Habana,
1959.


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