Miami es azul

                    ¡La tierra es azul!.
                                  (Yuri Gagarin)

                    !Ohio is red!
                                   (Chorus)

Tal y como afirmara el querido maestro Inmanuel Wallerstein, las elecciones presidenciales norteamericanas
del 2004 han tenido un carácter global, extraterritorial: todo el mundo ha opinado y hasta votado
simbólicamente por los candidatos en querella: George W. Bush y John Kerry.

Existen países donde la política interior está subordinada a la  política exterior; en otros, como es el caso
norteamericano, la política exterior es una prolongación (a veces un pretexto) de la política doméstica. En el
caso de Cuba ocurre algo nuevamente singular: no existe política interior, aún más, no existe política en
sentido estricto. De ahí que estos eventos sirvan para sacar conclusiones de cara al futuro.

Creo que es posible afirmar que las primeras elecciones presidenciales donde han participado los cubanos
en los últimos cincuenta y seis años son estas del 2 de noviembre del 2004. De hecho, en Cuba se conoce
más el perfil político de Ileana Ross Lehtinen (“la loba feroz”; apodo que, por cierto, satisface a la
congresista) que el de Yadira García. Para resumir: lo que llamamos política internacional ha acabdo
siendo, en última instancia, un ajetreo de poderes e influencias que tiene su centro en Washington DC y su
imaginario simbólico en New York City.

Ha ganado Bush. Ha triunfado convincente, limpiamente. Y esa victoria echa por tierra muchos de los
supuestos con que sus adversarios han hecho propaganda en su contra. Lo que hace más interesante ese
triunfo es precisamente todo lo negativo que Bush representa: no es un gran orador, ni es un pensador
brillante, no es seductor y su risa gutural y entrecortada lo acerca a eso que solemos llamar “un pesao”. Sin
embargo, ese “pesao” de mala imagen ha ganado y sus rivales, en primer lugar John Kerry, le han saludado
y prometido apoyo en su próximo período de gobierno.

El Presidente perdió los tres debates. La gran prensa no dejó de cuestionarle. Dejemos a un lado los
fanatismos antifanáticos y encaremos objetivamente esta pregunta: ?por qué votaron a su favor?. Buscamos
ahora una explicación positiva; no nos ocupamos del voto en contra: queremos saber los motivos de quienes
lo prefirieron. Debemos aspirar ya no a su reforma, sino a su comprensión. Es un ejercicio que debe ser
individual, casi confesional.  

Bush obtuvo el voto electoral y el popular; una confirmación de estos cuatro años en la Casa Blanca que
excede la estimación ofrecida en las elecciones del año 2000. De nuevo: ?por qué?.

Tampoco es exacto que consideremos a Kerry un perdedor. Solo perdió un día, acaso un instante del 2 de
noviembre del 2004. Continuará su función como senador y desde su puesto podrá ser un protagonista de
los destinos de la nación. Incluso un protagonista más activo y conciente de lo que ha sido hasta ahora. Su
discurso de aceptación de la victoria republicana ha despertado muchísimas simpatías y ya se le considera
para funciones internacionales en virtud de la honestidad política mostrada.

Infelizmente, el apoyo a Kerry fue también un pretexto para expresar algunos resentimientos. Se ganó la
simpatía ocasional de personajes irónicos y oportunistas;  mucha gente descargó su frustración maldiciendo
al mundo a favor de los pobres de ese mismo mundo; deshonrando a los humildes en nombre de los
humildes; defendiendo el medio ambiente mientras pisoteaban los jardines en manifestaciones crispadas. Y
eso, mala suerte, impidió ver algunos de los buenos argumentos que tenían los objetores de Bush.

Muchos de los reparos demócratas a la política de Bush son válidos; y ha sido el presidente reelecto el
primero en considerarlos tras su victoria. El triunfo posibilita la magnanimidad. Esperamos que cumpla,
como esperamos que, con respecto a Cuba, concrete todo lo prometido en el informe publicado por el Buró
de Asuntos del Hemisferio Occidental del Departamento de Estado y no solo con las medidas restrictivas a
los viajes que, efectivamente, le restaron algunas simpatías entre los votantes cubanos.

Ahora bien, es una ingenuidad creer que el antiamericanismo (que, por cierto, es también una invención
norteamericana) se debe a la torpeza ejecutiva de Bush. Los americanos no van a caer bien nunca, da lo
mismo quien esté en la Casa Blanca. Se trata de un sentimiento histórico; quizás, de la sensibilidad
intelectual que predominará en las primeras décadas de este siglo XXI. No se odia solo a Bush, se odian los
rascacielos, el ketshup, la goma de mascar, al Pato Donald, a una cultura que tiene un sentido centrípeto y
autoevasivo.

Se odia y a la vez se añora. La primera condición para la existencia de Europa y otras culturas mundiales es
la existencia demonizada de los Estados Unidos; incluso de Bush. Estados Unidos no necesita contrastarse
para existir; es cierto, es una cultura, acaso una civilización “provinciana” que se autoverifica en sus propios
moldes. Es, quizás, el único país “independiente” en el mundo postmoderno. O uno que lo puede ser. Lo
demás, da lo mismo si Cuba o Francia o España, funciona en virtud de contrastarse en términos de mejor y
peor con los Estados Unidos.

Lo que Bush representa hace ese contraste más visible y también más fácil. Por eso en estas eleciones se
pudieron ver algunas tendencias perversas: los demócratas como querían que Bush ganara para evitarse la
responsabilidad; los republicanos, que ganara Kerry para mostrar que, como ellos decían, era una opción
peor.

La publicidad republicana no tuvo contenido; es decir, no resaltó atributos del presidente Bush sino un
estilo: “consistency”. Sabemos a lo que va, es constante y explícito: consistente. Cualidades que son
afortunadas para la política pero, como recordara Oscar Wilde, no para el arte: “Consistency is the last
refuge of those lack creativity”.

Bush salió electo contra lo que algunos intelectuales esperaban porque el voto en norteamérica es
realmente moderno. No se vota doctrina, no se vota ideología ni posiciones estéticas: se vota “interés”; interés
moral y económico, grupal e individual. Si para el mudo las elecciones norteamericanas del 2004 tenían que
ver con la figura de un presidente, en cada estado y en cada condado del país todo esto se traducía en una
competición por cuestiones más concretas; por intereses específicos.

Aunque algunos no lo saben, o no quieren considerarlo de manera objetiva, el Condado de Miami Dade votó
demócrata. Es un condado azul. Muchos cubanos votaron a favor de Kerry, y algunos de ellos, como el
Alcalde de la ciudad de Hialeah Raúl Martínez, fueron inspiradores de la campaña demócrata. El cubano
sabe votar por intereses, y parte de esos intereses tienen que ver con la particular experiencia histórica que
les ha tocado en suerte (o en desgracia).

Es falso también que el restaurant Versailles fuera un cuartel de republicanos intransigentes. Joe García, por
ejemplo, un joven político demócrata, hizo promoción partidista en el Versailles. ?Que hay republicanos
cubanos apasionados?, pues también hay pasión republicana anglo y afroamericana y checa e italiana. !Y
deben ver a los demócratas cubanos! La pasión criolla no está determinada por un credo político, antes
bien lo subordina.

En Miami Dade se votó en inglés, en español y en creole, pues es muy notable la presencia de una
comunidad haitiana. Además de la presidencia del país, en Miami se votó el puesto de Senador de los
Estados Unidos, el de Representante al Congreso Federal (distritos 17, 18, 20, 21). Se votó por el Procurador
Estatal (11no. circuito judicial), por el Abogado de Oficio (11no. circuito judicial), el Senador Estatal (distritos
34 y 39), Representante Estatal (distritos 103, 109, 111, 113, 114, 115, 119 y 120), el Alcalde del Condado,
Comisionado del Condado (distritos 1 y 7); un voto de retención por  Juez del Tribunal Supremo y del Tribunal
del Tercer Distrito de Apelaciones; por el Juez de Circuito Judicial grupo 40; por  Miembro de la Junta Escolar
(distritos 3, 7 y 9). Se votaron además 8 enmiendas a la Constitución Estatal y la misma cantidad de
propuestas acerca de la emisión de Bonos del Condado.

Cada estado, cada individuo, tiene su agenda. Una agenda que ha de inscribir en un concepto general que
se llama Estados Unidos y que está representado en un Presidente legítimamente electo que, durante cuatro
años más, se llama George W. Bush. Bienaventurados los que llevan los laureles. Bienaventurado ese
concepto general que se llama Estados Unidos de América y que, por lo mismo que no existe, no está en
peligro de desaparecer.


Noviembre-2004.


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