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| La marcha. Sábado, ¡qué buen pretexto das para marcharte!. He podido presenciar como testigo alguna de las recientes marchas contra la globalización y contra la guerra celebradas en los Estados Unidos. Ojo, que no es lo mismo, al menos teórica y analíticamente; ya sabemos que en el paquete se resuelve todo junto. Se puede estar contra la globalización y a favor de la guerra, y contra de la guerra y a favor de la globalización. De la misma forma, he conocido a alguien que está contra el bloqueo a Iraq y a favor de la guerra. La guerra, en su lógica, debería solucionar directamente el problema con “el mal”, que es Saddam Hussein; mientras un bloqueo prolongado involucraría parte de la población civil, la misma que con mucha probabilidad está en contra del gobierno iraquí.. ¿Por qué estas marchas me resultan de cierto interés? Pues porque siendo la globalización el evento civilizatorio más característco de nuestra época, uno no debería permanecer al margen de lo que tiene relación con él, incluso si esta es una relación de negatividad. De hecho, tenía considerado que estos sucesos, así como mucha de las sensibilidades que implican, constituyen un motivo radicalmente norteamericano al que los emigrantes (o “exiliados”, que tiene mas caché) tenemos acceso limitado. Es decir, que estas manifestaciones o demostraciones pudieran contener historia. Una de las cuestiones teóricas más interesantes que ellas encierran es el tema de si son en verdad una fuente de disentimiento contra el mundo global, o este las presupone como parte de su propia lógica; e incluso, es capaz de reciclarlas a su favor. Lo anterior no sería más que una reactualización de uno de los temas básicos de una Escuela de Frankfurt que se preguntaba: ¿cuáles son los límites del capitalismo tardío? Es decir, ¿se puede contestar realmente al capitalismo?, ¿puede haber disentimiento en una sociedad que es capaz de capitalizar, de convertir en mercancía a los provios eventos que tratan de cuestionársela?. Recordemos “el sucedido” del 11 de septiembre: a pesar de los índices de Wall Street, el mundo simbólico de la sociedad capitalista ha sido renovado con energías insospechadas. Pero no se trata solo de aviso teórico, sino de observar al entorno inmediato y verificar concretamente si esta manifestación “contra la guerra” cuestionó realmente al capitalismo global o colaboró con él. Como se supone, responder definitivamente a una interrogante tan suspicaz como esta entraña un alto riesgo. Sólo me atrevo a decir, por el momento, que esa manifestación de ayer perturbó la lógica cotidiana de algunas vidas dentro de un área de la ciudad de New York, locus simbólico de los nuevos tiempos. Me consta que a la altura de la calle 49, las avenidas tercera, segunda y primera estaban congestionadas. No se podía salir de la cuadra sino con licencia de la policía, en algunos puntos montada sobre un símbolo tradicional del poder: el pedestal equino. La vida burguesa, como a veces se le dice a lo que no es más que (co)existencia pacífica, se desordenó con la presencia de estos inconformes justicieros en el vecindario. No se podía patinar por las calles involucradas, la compra del pan se alejaba de lo ritual para invocar el sobresalto, y algunas presiones arteriales se dispararon ante la presencia casi agresiva de algunos “revolucionarios” que consideraban “capitalista” a cualquier persona elegante o distraída que se le cruzara en sentido contrario. Esta vez, en verdad, no pude encontrar exponentes de la red set cabreados contra su clase social; la gente portaba indumentaria marchita, medio ajada y muy poco convencional. O quizás situada dentro de un convencionalismo contestatario, pues la globalización ha logrado globalizar hasta las protestas que se hacen contra ella. Existe ya, es fácil percibirlo, una moda capitalista de la antiglobalización; con bibliografía, imágenes, jerga y tipos de comida incluídas. Se podía diferenciar entre los manifestantes a los revolucionarios profesionales; diestros en consignas, repartidores de “flyers”, vendedores de periódicos. Esto es en verdad uno de los síntomas más preocupantes para los que tratamos de encontrar algún elemento de racionalidad en esas demostraciones: la llamada lucha contra el capitalismo global ha devenido ya una forma de vida, un empleo en el área del marketing político postmoderno, hasta un negocio. Por otra parte, creo que algunos restaurantes y tiendas del vecindario se beneficiaron. Vendieron refrescos, jugos y sobre todo café, por el duro frío que había (12 grados F como promedio). Los dueños de esas empresas están en la paradójica situación de haber capitalizado a su favor una manifestación por momentos muy radical en contra del mismo capitalismo. Una contradicción parecida a la de algunos profesionales de la revolución que deben pedir permiso a la policía de la ciudad para decirle después, mientras caminan seguros por las calles, que no le quieren demasiado. Emilio Ichikawa. New York, feb. 2003. |
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