José Antonio Saco: memoria sobre el juego en Miami

I.

Si la significación cultural de una obra literaria se estableciera (es una de las alternativas) infométrica o
bibliométricamente, es decir, por la cantidad de críticas que ha recibido, por el número de veces que ha sido
referida y citada, en fin, por su capacidad de multiplicación mediante adhesiones y cuestionamientos, yo me
atrevería a decir que los tres ensayos que encabezan la lista cubana de las últimas décadas son:

1-Calibán, de Roberto Fernández Retamar.

2-Ese sol del mundo moral, de Cintio Vitier.

3-La otra moral de la teleología, de Rafael Rojas.

Hay ensayos realmente brillantes, como Perfil derecho, de Ernesto Hernández Busto, y que es mi preferido entre
todos los demás, pero que no han recibido una gran atención. Por demás ese público menguado es, en el caso
citado, lo más coherente con el contenido de la obra. Otros ensayos son literariamente hermosos,
historiográficamente reveladores o simpáticos, pero no encierran necesariamente una sabiduría importante.

En su libro Where Shall Wisdom be Found? (Riverhead Books, NY, 2004), dedicado precisamente a un sabio
(Richard Rorty), Harold Bloom casi separa el “canon literario” del “canon epistémico”. Y digo “casi” pues hace
coincidir también en Shakespeare la “sabiduría”(wisdom) en la literatura, y la sabiduría literaria. Dos cosas
distintas en su definición, aunque esa diferencia quede momentáneamente velada en la confluencia
shakespearena.

Hay textos literariamente valiosos que no contienen “wisdom”, es decir, que no enseñan nada; como es el caso
de los ensayos contenidos en el volumen La expresión americana, de José Lezama Lima. Algo que seguramente
el autor de Perfil derecho, que es “biósofo” de Lezama Lima, no compartirá.

Como refería, al sugerir que los textos de Shakespeare son, a la vez que los mejores escritos, los que más
“wisdom” contienen, Bloom opaca la propia distinción que había introducido. Pero es comprensible: el profesor
está sujeto a una fuerte tradición intelectual de la Nueva Inglaterra (acaso un prejuicio): el culto a Shakespeare;
que muy bien pudo fijar en sus tempranos estudios sobre Emerson.

A principios de los años `90 Rafael Rojas hizo un par de visitas a Cuba que constituyeron hitos en el proceso
discursivo cubano del momento. Fijo ahora tres acciones que prepararon la recepción de La otra moral de la
teleología en círculos intelectuales y académicos habaneros de entonces:

1-Rojas visitó el llamado Salón Frío de la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana, donde
un grupo de profesores y alumnos habían preparado una discusión sobre Habermas y los premios en “prosa
literaria” otorgados por la Universidad de Frankfurt; en particular se discutiría allí un excurso que introduce
Habermas en El discurso filosófico de la modernidad titulado Sobre la disolución de la diferencia de géneros entre
Filosofía y Literatura. Ese día se produjo un notable intercambio intelectual entre Rojas y Randiní González, uno
de los estudiantes más brillantes que ha pasado por la Universidad de La Habana. Ante la presencia de
estudiantes de distintas facultades, e incluso de un público no universitario, se fijó el concepto de “literartura de
ideas”, que vendría a marcar el aval teórico de una nueva interdisciplinariedad universitaria, que en extramuros se
conocía como “postmodernismo”. Este concepto estaba endorsado por una tesis incuestionable: no hay
pensamiento realmente nuevo si trata de manifestarse en palabras viejas. El pensamiento filosófico es también
un problema de lenguaje, en este caso de escritura.

2-En la Casa de las Américas Rojas confrontó la reconstrucción que algunos sobrevivientes del Grupo Orígenes
estaban haciendo de su historia; proponían una fusión entre catolicismo y marxismo que ya escritores ligados a
la Iglesia Católica habanera habían iniciado al ponerle a Lezama Lima la salvadora etiqueta de “católico
heterodoxo” con “responsabilidad social”. El debate que Rojas suscitó fue cubierto por la periodista Roxana Poyo
con un titular espectacular en el periódico Granma: “Encendido mano a mano (entre Rafael Rojas y Cintio
Vitier)”. Recuerdo que en un momento crucial del intercambio se discutió acerca de cuál era el ideal político de la
Ilustración, si la democracia, como decía Vitier, o el despotismo ilustrado, como afirmaba su contendiente.

3-En una conversación sostenida en el apartamento que entonces ocupaban la profesora Marlene Rodríguez y el
estudioso cubano Jorge Ferrer, en la que estaban presentes como invitados el profesor Alberto Prieto y el Dr.
Murphy, de Notre Dame University, Rojas manejó el concepto de “dictadura no totalitaria”. En aquella época
algunos intelectuales mexicanos, al abrigo del “salinismo”, reevaluaban el régimen de Porfirio Díaz, generando
una teoría de la historia que sirvió en Cuba para repasar el juicio sobre algunos dictadores nacionales,
particularmente de Gerardo Machado y Fulgencio Batista. Era también la época en que se debatía en Cuba, con
razonable retraso, la polémica entre los grupos de Nexos y Vuelta en torno al Coloquio de Invierno, y varios
profesores utilizaban la novela La Guerra de Galio, de Héctor Aguilar Camín, para pasar una crítica al castrismo y
su historia.

Todo esto preparó la difusión en la isla de ese significativo ensayo que fue La otra moral de la teleología, donde
Rojas hacía una lectura libre y creativa de la historia de la ideología cubana, diferenciando dos racionalidades:

1-La racionalidad práctico-instrumental, simbolizada en Jose Antonio Saco.

2-La racionalidad moral-emancipatoria, simbolizada en la figura de Félix Varela.

Esta división, casi dicotómica, se rastreaba en el devenir intelectual cubano y se veía finalmente plasmada en la
dictomía del lema del Partido Ortodoxo: “Verguenza contra dinero”; casi un preámbulo, al menos retórito, del
sacrificialismo revolucionario castrista-guevarista. La propuesta intelectual de Rojas, desde el ámbito
estrictamente académico, era que el proyecto de una Cuba futura debería probar con una suerte de reconciliación
entre esas dos tradiciones.

El ensayo de Rojas fue leído y discutido en los corrillos de la UNEAC, en los rincones de la Colina Universitaria y
en las redacciones de prensa y, por supuesto, en las mesas de las instituciones encargadas de la censura
intelectual. El propio Ministro de Cultura, el Dr. Armando Hart, se encargó de contestarlo personalmente
argumentando una suerte de complicidad entre lo que llamó “neoanexionismo” y postmodernismo. Mientras, se
designaban comentadores emergentes, como Arturo Arango en nombre de Roberto Fernández Retamar, y Mario
Rodríguez Pantoja, auspiciado por el entonces Decano de la Facultad de Filosofía e Historia, el Dr. Rubén
Zardoya.

Entre algunos historiadores surgió una objeción decepcionante: se limitaban a comentar (llegó a ser casi un
rumor académico oficial) que ni Saco era tan “pragmático” ni Varela tan “idealista”. Cosa que es cierta, incluso
para Rojas, pero que ignora que el pensamiento fundante es las más de las veces “reductor”, “contrafactual” y
siempre enfático.

La posición más propositiva que por entonces se difundió en La Habana se limitaba, sin embargo, a una
magisterial observación del pensador cubano Fernando Martínez Heredia, quien advirtió que “por alguna razón” en
los momentos cruciales de la historia cubana, siempre se da una discusión sobre José Antonio Saco que
permite entrever el futuro.

Saco, en efecto, presidía sin saberlo los debates acerca de la dolarización en la isla, y la re-vuelta grosera a los
mecanismos de represión ideológica y moral en el contexto de un hedonismo revolucionario que ha acabado por
tranformar el Guevara visionario de Korda en el vacilador globalizado de Morotcycle Diaries.

II.

Ciertamente, después que uno relee ese ensayo a la vez propedéutico y conclusivo que es La otra moral de la
teleología, puede pasar a comprobar las transiciones entre esas dos tradiciones morales fijadas
metodológicamente por Rojas. Digo una vez más que el valor heurístico de su hipótesis de trabajo está por
encima de cualquier evidencia factual.

Es así que puede decirse, por citar un ejemplo, que una de las obras de José Antonio Saco donde se comprueba
la complejidad de su posición intelectual, o sea, donde lo moral tiene un sentido práctico y lo instrumental una
arista ética, es su Memoria sobre la vagancia en la Isla de Cuba (1832), sometida a concurso y premiada tras
sostenidos intentos (ya la había presentado en 1829) por la Sociedad Patriótica de La Habana, recordada como
Sociedad Económica de Amigos del País. Se trata en verdad de una Memoria sobre la “vagancia”, pero se edita
titularmente también como del “juego”, por la estrecha relación que entre esas instituciones de la cultura cubana
establece Saco, al menos en los primeros dos tercios del documento.

En esta Memoria sobre el juego y la vagancia en Cuba (Editorial Lex, La Habana, 1960) podemos decir que Saco
cuestiona la costumbre cubana de jugar, gesto de escrutable significado cultural, sobre todo si lo leemos con la
sublimidad que propone Kant en su Metafísica de las costumbres.

No obstante, hay varios momentos de condescendencia en el documento con algunos tipos de juego, con ciertas
formas en que este se realiza y se encauza. Por ejemplo, Saco no es tan duro criticando el billar como la pelea
de gallos y la lotería. Ni tan severo cuando critica el juego que se practica en los lugares públicos como el que
se practica en el ámbito familiar (“juego doméstico”).

Pero en sentido general el pensador cubano sitúa el juego como una distorsión de las dos racionalidades que
hemos referido anteriormente siguiendo el ensayo de Rojas:

1-El juego como enemigo de la moralidad.

2-El juego como enemigo de la eficiencia económica (específicamente en el ámbito productivo-empresarial).

Deben fijarse bien estas dos sentencias, pues ya están contenidos en ellas, como subcapítulos, todos los tipos
de argumentaciones que se manejan en la actualidad acerca de la pertinencia o no del juego en la “funcionalidad”
social. Y me refiero tanto a la conversación cotidiana como al debate (micro)legislativo.

En su documento Saco define al juego como “cáncer devorador” (p. 18); tan civilmente maligno, que respecto a él
la propia vagancia sería “quizá el menor de los males que produce”. (ibid) El juego califica así dentro de una de
las categorías más difundidas en el pensamiento de su época, la de “enfermedad moral”. (p.19)

Saco comprende lo difícil que es el control de esta práctica, pues una de sus características es la facilidad para
el “ocultamiento”. (p. 20) El vicio (una palabra que no es muy útil en sociología pues ya contiene un parcializado
sentido peyorativo) está muy ligado a la “invisibilidad”.

Saco considera “provechoso” el baile, el canto, el paseo culto, la merienda (“belle epoque” en marcha;
impresionistas y expresionistas en estado potencial); pero le disgustaba el esparcimiento descontrolado: “Yo no
solo quisiera ver cerradas todas las casas de juego, sino que éste tampoco se permitiese en las fiestas y ferias,
que so varios pretextos se celebran en La Habana y fuera de ella.” (p. 21)

Saco no ligaba el juego a la “producción” sino a la pérdida de riqueza; creo que no lo comprendió nunca como
negocio, como “business”; y esto evidencia el elemento “socialista” (“sentimental” en el sentido del Adam Smith
de Teoría de los sentimientos morales) de su pensamiento, comprendido la práctica de un individualismo no-
radical que encuentra su contención en la responsabilidad social. Es decir, en un elemento que su “contraparte”
Félix Varela potenciaba, y que fue el primer tema de Las cartas a Elpidio: la piedad (por demás, también la
opción del “pensiero debolo” de Gianni Vattimo en el debate en torno a la postmodernidad: “pietas”).

Saco entendía en el juego a la parte perdedora como viciosa, pero tamibién como “inocente”. Incluso objetaba el
juego doméstico si era reiterado, por la influencia que pudiera tener sobre la niñez.

Es curioso que Saco, que durante mucho tiempo fue un crítico de la revolución política, proponga sin embargo
una “revolución en las costumbres” y el mismísimo recurso policial como un aliado en la consumación de la
misma: “Es innegable que la persecución será uno de los medios más eficaces para acabar con el juego; pero
no debe fiarse a ella sola tan grande empresa. Es preciso ir haciendo una revolución en las costumbres, que
aunque lenta no dejará de ser cierta.” (p. 24)

Moralista y práctico; reformista procesal y revolucionario en su objetivo: Saco es en verdad uno de los
pensadores más complejos de la tradición hispana.

Pero la reflexión en torno al juego, además de propiciarle una cobertura para discutir otros temas suyos como la
revolución, también le sirve para deslizar su visión de la fórmula política democrática, que por lo visto no era muy
favorable pues la equipara a una de sus fobias fudamentales: las vallas de gallos o “gallerías”: “… las perniciosas
gallerías, pues éstas, por un fenómeno social, forman entre nosotros una democracia perfecta, en que el hombre
y la mujer, el niño y el anciano, el grande y el pequeño, el pobre y el rico, el blanco y el negro, todos se hallan
gustosamente confundidos en el estrecho recinto de la valla.” (pp. 28 y 29-subrayado:EI)

Saco es ante todo un pensador realista; dice de él mismo que “no es visionario”, que “no aspira a la perfección
moral” y que sabe que los hombres “siempre se han de divertir de aqueste o del otro modo” (p. 26); pero igual
confía en que se pueden racionalizar estas tendencias lúdicas de la especie. Promueve para ello la buena
educación, la conversación gustosa, el paseo… Propone, en fin, “una diversión honesta y autorizada por el
gobierno”. (p. 27)

Al leer a Saco se comprende que, al menos en el estilo, hay de parroquialismo, de docentismo, de prédica
normativista que lo acerca a los pasajes más moralistas de Varela. La escritura y retórica cristiano-eclesial, igual
que de muchas de nuestras virtudes, es responsable de ese moralismo que aún obstaculiza el libre ejercicio de
pensamiento.

Como decía Hegel en sus prolegómenos a las Lecciones de Historia de la Filosofía, el pensamiento filosófico
debe ejercerse en libertad; para él no basta ni siquiera la autonomía. Incluso si hay libertad política, pero
dependencia estética, moral o religiosa (para no referir ya la económica), la filosofía emergerá de forma aburrida y
previsible; demasiado anunciada por aquello que la precondiciona.

Respecto a la “cura” de esa “enfermedad” social que es el juego, Saco confiaba en la intervención profiláctica de
autoridades fuertes. De un Capitán General severo pero recto. Esto da la razón a Rojas sobre Vitier en la referida
discusión. La Ilustración, al menos la habanera, confiaba en un fuerte ejecutivismo racional. Un curioso mensaje
de actualidad que no sé si pueda compartir.

III.

El pasado Martes 8 de marzo se celebraron en los condados de Miami Dade y de Broward, el vecino del norte,
las votaciones en torno a la legalización de las máquinas de juego (“tragamonedas”) que esperaban ser situadas
en algunos centros de diversión.

Se pronosticó una baja asistencia a las urnas, alrededor de un 15% de cerca de un millón de votantes. En
efecto, estuve en la mañana en el colegio de votación instalado en la escuela “Devon Aire”, en Kendall, y apenas
concurrieron votantes. También me reuní con un grupo de ellos en el Tommy`s Bakery, 56 St. a la altura de Miller
Drive, y ratificaron la misma apatía.

Además entraba en los pronósticos un resultado positivo; se había llevado a cabo una entusiasta y bien dotada
campaña a favor del “gamblig”, con unos 6 millones de dólares en gastos de publicidad, pero a última hora el
propio gobernador Jeb Bush utilizó la cobertura mediática para pronunciarse en contra, lo que emparejó bastante
la campaña hasta el momento del ejercicio del voto, dada la popularidad con que el político cuenta en el sur
floridano.

Pero lo más interesante de este episodio democrático en torno al juego es que todas las partes, tanto la que se
oponía como la que favorecía al juego, manejaban más o menos los mismos argumentos. Es algo realmente
desconcertante que sucede en la mayoría de los debates actuales, ya sea sobre la guerra, el terrorismo, la
pobreza, la discriminación, el medio ambiente…: se repiten las explicaciones, aunque manipuladas desde
intereses distintos.

La Sra. Julia López, defensora del “sí”, aseguró que la introducción de las máquinas traerían más dinero para las
escuelas y generarían empleos. Es decir, para sorpresa de Saco y los “saquistas”, existiría aquí una defensa
pagmática del juego; incluso con implicaciones positivas en el ámbito de la moralidad, pues en este caso el
antiguo “vicio” auxiliaría al estudio y la laboriosidad.

Por otra parte, quienes se opusieron al juego, aunque sí manejaron intensamente el argumento moral refiriendo
esta actividad como fuente de diversos males sociales, también aportaron contra él pruebas práctico-
instrumentales. Por ejemplo, el hombre de negocios Sergio Pino, quien invirtió 100 000 dólares en el “no”,
aseguró que, aún cuando se ganara, Miami iba a gastar más en relación al probable beneficio; o iba a tener una
ganancia que no ameritaba tanto esfuerzo, toda vez que lo recaudado debía repartirse entre 67 condados del
estado de La Florida.

Finalmente los votantes de Miami Dade (votó el 14%) dijeron “no” a situar máquinas tragamonedas en tres
instalaciones de juego; el balance final fue 51.6% a 47.5% . Mientras el condado de Broward dijo sí 55% a 44%,
abriendo la alternativa de situar las máquinas en dos hipódromos, un canódromo y un frontón.

Resta aún una batalla legislativa adicional para implementar este resultado. La estructura de la economía
contemporánea, en particular la norteamericana, tiene una gran área especulativa, financiera y de servicio que,
aunque no le resta actualidad al enfoque Ilustrado, sí lo rectifica de una manera notable. Debemos atender estos
cambios para acometer una “utopía con los pies en la tierra”.

Marzo-2005


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