La izquierda intolerante de Miami


Todo lo que se ha predicado, a veces hasta la exageración, de la derecha intolerante de Miami, se puede decir
también de la izquierda. Una izquierda que se ubica incluso a la misma izquierda de las más recalcitrantes
instituciones culturales del castrismo: el periódico Granma, la revista La Jiribilla, Radio Rebelde y la Mesa
Redonda.

La izquierda de Miami es incapaz de reconocer los logros sociales del exilio: en la salud, la educación y los
deportes. Para no hablar de aquellos que se dan en cultura popular, es decir, ese agregado de comidas, tratos,
modas, que una revolución con complejos de alta cultura ha aplastado bajo el medallismo deportivo, el olimpismo
cultural y el mercenarismo político-militar.

La paleoizquierda de Miami tiene una radio activa, informantes en las calles, poder editorial y una considerable
reserva monetaria que les permite gastos de protocolo vergonzosos.

Con los dinosaurios de la izquierda miamense es imposible dialogar; carecen de imaginación y sus respuestas
preceden a las preguntas. Su hipocresía les induce a usar un lenguaje meloso, telenovelero, que apela al diálogo
entre los cubanos de la isla y los del exilio sin ser capaces de dialogar previamente con el vecino que tienen al
lado. Ese vecino de la derecha extremista al cual le unen décadas de lucha y trabajo en el exilio.

Porque todo debe saberse: también hay viejos dinosaurios en esa izquierda miamera. Gente pasada de moda,
disidentes conversos, alzados reciclados, cripto mercenarios que han resuelto su frustración con una nueva
complicidad con el castrismo.

La izquierda extremista no es necesariamente Demócrata en términos de política norteamericana; es más,
puede ser indiferente, tonta, pero será   necesariamente anti-Bush. Incluso por “pose”. No sé por qué, pero odia
el resturante Versailles, las factorías de Hialeah, el legado republicano cubano y El Nuevo Herald.

El diferendo grande de esa izquierda extremista es con el llamado “exilio histórico”, sobre todo con aquella parte
del mismo que ha tenido éxito social y económico en Estados Unidos. Al sentirse excluídos de los círculos de
sociedad donde la derecha, recalcitrante también, se realiza como clase, ellos optan por entrar por la puerta del
fondo. No asisten a los programas de televisión como críticos de Castro (que es lo que les corresponde por
haberse ido de Cuba en los mismos `60s o `70s) sino como sus defensores; desprestigian a quienes intentan
algo por la libertad de Cuba en el exilio diciendo que solo es legítimo lo que se hace desde dentro; un “dentro”
filtrado que, claro está, excluye también a los disidentes y opositores más radicales.

En cuanto a la disidencia interna esa izquierda intolerante prefieres a los fundamentalistas de centro, es decir,
aquellas personas que confunden la indefinición con la síntesis. El castigo del fundamentalismo de centro es
que, en lugar de ser intolerantes con el rival, como es la derecha recalcitrante, es intolerante por partida doble:
con el izquierdista cabal y con el derechista sincero.

La extrema izquierda de Miami es pro-chavista fanáticamente; está contra la Guerra en Iraq de una manera tan
feroz que a veces es mejor no hablar con ellos para evitar que hagan una guerra contra la guerra.

Por demás, como una buena “red set”, esos “aristocastros” fanáticos tienen algunos fines de semanas más
opulentos que esa derecha que abulta cuentas con los negocios y, por supuesto, que esos trabajadores  que
defienden con su lengua, pero que desprecian con toda la negrura de sus vísceras.


Feb. 2005.



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