Haití: de la independencia al éxodo


Este año 2004 carga en su calendario de celebraciones los dos siglos de independencia de Haití. Si la
independencia fuera un valor en sí mismo (y no un medio para objetivos mayores) los haitianos deberían
estar muy contentos de su historia y, en consecuencia, celosas de su madurez las demás repúblicas
latinoamericanas.

Sin embargo, es preocupante el saldo que ofrece hoy esa nación que, casi por automatismo, es señalada
inequívocamente como la más pobre de la región. Un país con una música y un arte pictórico
impresionante, pero sumida en el hambre y la violencia política.

Mientras los dominicanos mueren ahogados en el Canal de la Mona para alcanzar en Puerto Rico una
salvación migratoria, los haitianos, en cambio, tartan de escapar hacia la República Dominicana. Para
colmo de males, Haití padece hoy una de las dictaduras más inclementes de la historia, aunque a nadie se
le ocurra considerar a un fugitivo haitiano en términos de refugiado político.

Hace años, cuando Jean Bertrand Aristide asomó a la vida política esgrimiendo una mística democrática,
fue recibido con cierta simpatía por líderes e intelectuales del mundo. Se trataba de un hombre correcto
según el patrón Occidental, culto, de buenas maneras, conocedor de idiomas; cualidades que le
permitieron ganar unas elecciones. Pero en su discurso de toma de posesión, al referirse al salario que
se había fijado legalmente para el puesto de presidente haitiano, Aristide pronunció una frase que le
delataba: “No necesito dinero. Trabajaré por mi país sin recibir un centavo.”

El populismo y la arbitrariedad quedaban así anunciados: el político que no recibe un salario,
seguramente deberá robárselo. Si no se sabe lo que gana un presidente, es imposible fiscalizar su
acción. En efecto, Aristide se situó más allá del control y asesina hoy a sus opositores en las calles,
opositores que, dicho sea, pueden llegar a ser tan violentos como él. Se espera ya un éxodo migratrio
haitiano y un estallido social que los norteamericanos parecen querer contener negociando una
permanencia del político en el poder.

Hambre, muerte, fuga y el mejor fútbol del Caribe: es el saldo más visible de una nación con 200 años de
independencia. Los “estadistas” puertoriqueños y algunos anexionistas radicales tienen aquí una
evidencia incontrovertible. El argumento de algunos jóvenes intelectuales boricuas resulta entonces
comparativamente irrefutable: “Nosotros hemos resuelto el problema nacional al margen del problema
colonial. No somos indepedientes en política, pero tenemos una cultura propia.” Conozco a Puerto Rico, y
creo que es verdad.

En el sur de La Florida existe una imporante comunidad haitiana que celebra la cultura de su país y que
no experimenta ninguna necesidad de regreso. Hace unos días, mientras acompañaba en un taxi a
University of Miami al arquitecto Rafael Fornés, escuchábamos música y noticias en francés, lo que nos
hacía sonreír por unas discusiones sobre el lugar de los cubanos en la demografía actual de Miami y
Miami Beach.

En la ciudad de Homestead, situada en el sur del Dade County, existe una fuerte presencia haitiana. En la
compañía de fabricación de naves Contender Boat, un notable grupo de haitianos labora con los cubanos
entrando en una simbiosis cultural muy particular. Asombra constatar que, cualquiera de esos
trabajadores, habla por menos media decena de idiomas: Creole, francés, inglés, español y…cubano.

La pasada semana, en el lobby del edificio de The Miami Herald, me entretuve mirando una exposición
fotográfica dedicada precisamente al doscientos aniversario de la independencia de Haití. Me atrajo en
primera instancia una foto del artista Carl Juste, donde predominaban los colores verde y naranja;
estridente combinación que identifica, por demás, a los Dolphins y los Florida Marlyns, equipos
emblemáticos del estado.

Todas las fotos mostraban el dolor que asola a la nación más vieja de Latinoamérica; la de Juste en
particular captaba el disloque mental de dos mujeres uniformadas en naranja, tomadas de la mano ante
una pizarra verde donde aparecían unos versos, probablemente de Langston Huges. Los cito porque
pueden referir parte del ambiente emocional que abruma hoy a esa isla cercana:

Hold fast to dreams
For if dreams die
Live is a broken winged bird
That cannot fly

Hold fast to dreams
For when dreams go
Life is a barren field
Frozen with snow



Feb. 2004.



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