| Guerra y moral. Hace solo unas horas ha comenzado la guerra. La tensión venía de antes, e incluso se adelantaron a la fecha límite algunos golpes a la artillería menor en la frontera entre Iraq y Kuwait. El Presidente Bush, para evitar el uso de las armas, había puesto una condición: “Que Saddam Hussein y sus hijos abandonen a Iraq antes de 48 horas.” Varios países le ofrecieron asilo, pero lo rechazó. Creo que este suceso es digno de un debate moral; de hecho, hubo varios acercamientos éticos al mismo centrados en esta cuestión: ¿debió o no irse Saddam Hussein al exilio?. La legitimidad moral del ultimátun de Bush fue cuestionada por algunas voces que consideraron inadmisible que el presidente de un país diera órdenes a otro. Sí, porque como se sabe, Hussein es un presidente triunfante en elecciones fraudulentas que se prepara él mismo, pero que al fín y al cabo cumplen algunos requisitos de la democracia occidental. Sus eleciones tramposas, la arbitrariedad de su partido único y su poder despótico eran conocidos en esta parte del mundo, que cubría sus gestos políticos enviando a sagaces periodistas. Algunos de estos incluso llegaron a hacer chistes sobre el hecho de que, aún siendo extranjeros, podían votar una o más veces en las referidas elecciones. A favor de Saddam Hussein, por supuesto. Desde el punto de vista individual, en el contexto de una ética masculinista y militarista, Saddam puede creer que es una cobardía rendirse ante el desafío de un enemigo extranjero, aún cuando esté casi seguro de un resultado final adverso. Por otra parte hay que analizar al menos dos cosas más: la sinceridad efectiva de esa intransigencia, y la disposición real a la inmolación de este tipo de líder político y misionero que ha concebido lo apocalíptico como una fase natural en la historia de su pueblo. El peligro real de los grandes líderes es siempre muy relativo; a pesar de una propaganda política que le identifica con el mal, Hussein tiene más posibilidades de salir con vida de este conflicto que cualquier transeúnte de Bagdag. O incluso, que cualquier soldado norteamericano ubicado en el frente. Saddam lo sabe, y probablemente esté negociando una rendición en términos decentes. Tal y como ocurrió en la anterior guerra, Hussein luchará por mantener su demagogia política, que amalgama muy productivamente elementos de víctima y vencedor. Le hemos visto en el pasado hablarle a su pueblo de la victoria en la guerra, pues aunque muchos no lo sepan, hay gente en Iraq que cree que ellos ganaron la guerra del gofo bajo la “inclaudicable dirección” de su máximo líder. La norma ética que relaciona el acto de la autoevitación, el quitarse del camino, la esquiva, con la dignidad moral no está afincada en nuestra cultura. No quiero decir que esté ausente, solo afirmo que no es un patrón dominante. Sin embargo, es visible en algunas culturas asiáticas. Recomiendo el cuento Patriotismo, de Yukio Mishima, para observar una fuga radical y a la vez enaltecedora en lo carnal y lo espiritual. Bajo ciertos patrones de la moralidad que Hussein ha impuesto a la sociedad iraquí, distanciada del fundamentalismo religioso radical de otras sociedades árabes, no es ético el exilio: Saddam sería el salvador de la gran patria árabe, y sin el no se podría ir a ningún sitio. Bajo otros, sin embargo, la salida hubiera estado totalmente legitimada; pensemos solo en ese elemento populista que dice que no hay nada más importante para su partido que el pueblo que “representa”. Si es así, quitar el pretexto al ataque americano, aún con una vulgar fuga, debería haber sido su primera obligación. Para que haya una guerra tienen que haber por lo menos dos partes en pugna; una de ellas, al final, será ganadora, la otra será derrotada. Se ha criticado bastante al bando que supuestamente ganará. Y se ha criticado con razón. Pero hay que decir que el vencido también es culpable, la inferioridad militar no es atenuante ante ningún tribunal de justicia. Emilio Ichikawa. Marzo-2003. |
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