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| Globalización, pacifismo y antiamericanismo. Desde hace meses vengo siguiendo de cerca esta serie de marchas, manifestaciones o demostraciones en contra de la globalización; que es el nombre actual con que se quiere decir “capitalismo”. Estos eventos se presentan también en contra de la guerra en Iraq, lo que no quiere decir lo mismo. Criticar el capitalismo en nombre de la paz es negociar una legitimidad de forma muy facilista contra un poder que es capaz de expandirse sin guerra; incluso, de rotar el capital militar-industrial en meras prácticas con enemigos virtuales. En efecto, lo que está en discusión es la sociedad mercantil; el socialismo, digan lo que digan, está fuera de juego. Se sabe que los manifestantes están en contra del capitalismo, al que llaman globalización, pero en fin de cuentas no conocemos a favor de qué cosa están. ¿Con qué piensan suplir la economía de mercado, las instituciones financieras, la democracia representativa, la libertad y la responsabilidad que esta entraña? No lo dicen; acaso tampoco lo saben. Hace unos meses viajé hasta Washington con amigos muy inteligentes que objetaban algunos puntos de la política de Bush. Hace un par de semanas estuve en el mismo centro de la demostración ante la sede de las Naciones Unidas en Nueva York. Y tuve la oportunidad de intercambiar puntos de vista con simpatizantes de la antigua Unión Soviética y de Fidel Castro que desfilaban por la esquina de la 2da avenida y la calle 49. Con una pareja de jóvenes estudiantes univeritarios de origen hispano el diálogo llegó hasta un nivel óptimo de franqueza. Yo les había explicado que conocía desde dentro la experiencia cubana, cuya revolución política, operada en enero de 1959, propició la emergencia de un modelo de sociedad de matriz bolchevique. Les propuse: Creo que ustedes deben creerme cuando les digo que la solución de la convivencia humana en felicidad y prosperidad no la tiene el comunismo. Y me creyeron, eso creo. Después de esto ellos me exigieron: Y tienes que creernos a nosotros, que le conocemos de fondo, que la solución definitiva tampoco la tiene el capitalismo. También les creí. Si esto es así, estamos ante un conflicto insoluble de la civilización Occidental, que habría generado contradicciones incapaces de solucionar en sus propios marcos. Infelizmente, no pude hacer las mismas indagaciones entre los manifestantes de la derecha; porque la derecha, sencillamente, no organiza demostraciones similares. La relación de estas marchas con el movimiento comunista internacional es visible; quien lo dude puede ir a la próxima y recoger la propaganda política que allí se reparte; o estudiar las pancartas, o descifrar el mensaje de algunos tatuajes ideológicamente impúdicos. Esta conexión con el comunismo ciertamente no quiere decir nada; al menos no trato de imponer un significado a través del dato. Lo apunto porque es interesante observar las nuevas fuentes en las que se reactiva una ideología que, después de muerta, resiste el enterrramiento. Algo que logrará, es obvio, porque también hay cosas definitivamente criticables en el marco del orden global: desde la preeminencia de la diplomacia secreta en la determinación del rumbo político previsto en una democracia, hasta ciertos enfoques acerca de la organizacón de la vida cotidiana de las gentes. Lo más absurdo de una objeción a la guerra que pudiera ser creíble es la cantidad de “links” que este proyecto tiende hacia fuerzas políticas definitivamente sospechosas. Desde una crítica o al menos desde una duda legítima hacia la guerra, las manifestaciones se proyectan dogmáticamente contra la modernidad, contra el capitalismo, contra el dinero y, lo que peor aún, contra la misma lógica del modelo norteamericano. El antiamericanismo de algunos grupos dentro de estas marchas ha sido puesto de manifiesto ya en multiples ocasiones. El grito de “Viva la Francia” es una forma muy poco amable de hacer un desaire a un país donde, a pesar de todo, la gente se busca la vida; incluyendo, por cierto, una notable comunidad francesa. Quien lo dude debe ver el filme Green card, con Gerad Depardieu. El “marchismo-leninismo” es la nueva forma en que los viejos profesionales de la revolución reaparecen monopolizando reivindicaciones necesarias en el marco de una crítica al capitalismo. Por esa razón, quizás, fue justa la decidida interpretación que les hizo Saddam Hussein en términos de aliados. Es decir, como gentes que, al fin y al cabo, tienen una posición en ese feo asunto de la guerra. Emilio Ichikawa. New York. Febrero-marzo, 2003. |
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