Ford Chávez

Siendo vice-presidente de la compañía Ford Motors, el joven empresario Lee Iacocca imaginó la posibilidad de
lanzar al mercado un carro que captara a la vez lo mejor del Falcon y del Thunderbird. Un carro revolucionario, ni de
ricos ni de pobres, que estuviera al alcance de una clase media que por aquellos tiempos se cuestionaba ciertos
puntos de llegada del capitalismo.

Como no podía ser un carro común, se ideó para él un símbolo que implicara velocidad, fuerza y novedad
revolucionaria. Así apareció en 1964, en la Exposición Mundial de New York, un carro emblemáticamente americano:
el Ford Mustang, cuyo ícono inconfundible es un caballo dinámico que trota intencionalmente hacia la izquierda, en
el sentido contrario al que lo hacen los caballos en las pistas de carrera al uso. El sello del Pony Car y el
voluntarioso Seabiscuit encarnan el espíritu competitivo del capitalismo norteamericano; como en un tiempo
Bucéfalo sintetizó el arrojo de Alejandro o Incitatus la locura de Calígula.

Más de cuarenta años después, el 12 de marzo pasado, el Presidente venezolano Hugo Chávez, celebró el día de la
bandera con dos cambios a su diseño:

1-La adición de una octava estrella, tal y como había propuesto Bolívar en 1817 tras la liberación de Guayana.

2-La incorporación de un caballo que trota hacia la izquierda.

Confiado en que operaría una inversión simbólica que indicara el regreso de Bolívar, Chávez no ha hecho sino
copiar la intención revolucionaria de una de las más grandes y emblemáticas compañías del capitalismo mundial,
la Ford Motor Co.

En su nuevo rol de diseñador, Chávez ha considerado que el antiguo caballo del escudo era imperialista por lucir
“dócil” y “entregado”; el nuevo, en cambio, sería todo un caballo bolivariano, “libre” y “brioso”, patriótico y guerreador

A pesar de sus parecidos hay diferencias entre el caballo del Mustang y el caballo del Chávez. El caballo chavista es
una bestia de guerra, no de trabajo, tampoco de placer. Es por demás un animal definido negativamente, concebido
para lograr la autoafirmación política de un gobernante que en lugar de paz solo ofrece gloria eterna a sus
partidarios.

En caballo chavista está atrapado en la vieja retórica patriotera del sacrificio y la redención; corre al revés, es cierto,
pero parece más un cuadrúpedo desorientado, obstinado en su diferencia, que una fuerza conciente que en efecto
decide correr los riesgos de la novedad.

Presidiendo una fuente de placer que alcanza a la edición del Mustang GT del 2006, el caballo de la Ford corre en
sentido contrario al de las revoluciones sacrificiales. El mismo habla de una revolución peculiar: la revolución de la
comodidad. Con su crin hirsuta y su cola al aire, el Pony de la Ford vuela en una dirección contraria, pero en sentido
correcto. El caballo de Chávez encabeza la revolución del tropiezo, trata de llegar a la meta que marca la
consumación de una segura revolución: la revolución fútil, el tedioso cambio de los que creen que se puede
comenzar de cero.

 


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