Los escritores de los políticos.

En un manifiesto electoral publicado en una revista estudiantil de la Universidad de Friburgo el 10 de noviembre
de 1933, el filósofo alemán Martin Heidegger dotaba de significado teológico a las elecciones convocadas por el
Fuhrer. No importaba siquiera el resultado de las mismas, lo importante, según el pensador, era el llamamiento
destinal que había hecho Hitler a la nación alemana. El chance que le había dado a su pueblo para expresar su
espíritu: ya no era la filosofía sino la política quien debería expresar el “alma nacional”. Más que la metáfora, era
la razón quien se había realizado.

Aunque los cubamos nos contrariamos cuando la comunidad internacional no condena con la misma seriedad
los estragos del castrismo que los del nazismo, lo cierto es que entre las dos experiencias históricas hay
desniveles importantes. Las diferencias las dictan los tiempos y la seriedad de los despropósitos.

A diferencia de Hitler, Castro no ha contado con un ideólogo de magnitud. En rigor no hay ideología castrista, ni
la historia de la revolución cubana ha conocido jamás una desavenencia jurídica a la altura de la sostenida por
Hans Kelsen y Carl Schmitt. Castro, por subestimar la decencia moderna de ofrecer una legitimación filosófica
del poder, ni siquiera ha tenido un apólogo a la altura de Pablo Carrera Jústiz; quien fue capaz de justificar, en un
discurso en el Hotel Comodoro en los días posteriores al 10 de marzo de 1952, el golpe de estado de Fulgencio
Batista apelando al derecho de resistencia que introdujera Tomás de Aquino en el Derecho Canónico.

Castro ha tenido adulones (cicerones o chicharrones), escritores cortesanos que sirven para dar cierto caché a
su régimen. No mucho más. Los únicos proto-ideólogos relativamente notables con que ha contado el castrismo
son Cintio Vitier y Norberto Fuentes. El primero porque le ofreció una mezcla muy aprovechable de nacionalismo,
martianidad, retórica literaria y ética conservadora (casi Republicana en términos norteamericanos, pero
curiosamente menos “compasiva”); el segundo, porque ha tenido el valor de acoplar la veneración del caudillo
autoritario con el discurso negativo de la identidad cubana. Para Fuentes el castrismo estaría avalado por la
necesidad de control que merece un pueblo de naturaleza desordenada (“No somos suizos”, era un slogang de
Orestes Ferrara devenido anécdota autocompasiva nacional). Curiosamente, hay personas en el Arzobispado de
La Habana que piensan de manera similar, aunque con índole más despectiva.

Sin embargo, ninguna de estas ofertas ideológicas legitimantes son importantes para Castro. Y no solo porque él
como persona no esté interesado, sino porque tal y como tiene planteado su régimen, como una banda de facto,
el tener una ideología significaría limitar sus movimientos; una carga esclerosante que le impediría la realización
de esa política descarada, situada más allá de las reglas, que ha venido haciendo hasta hora. De ahí la indigna
situación en que se encuentran las instituciones cubanas destinadas a producir ideología, desde la Universidad
de La Habana y la Academia de Ciencias hasta el Comité Central del Partido.

Por su parte, al Presidente venezolano Hugo Chávez se le ve hoy mucho más entusiasmado que a Fidel Castro
en la búsqueda de un soporte ideológico-cultural de su política. Apela al glamour del socialismo, menos popular
en el este de Europa que en los círculos liberales de los Estados Unidos; el país que paradójicamente, y
siguiendo a Castro, dice querar enfrentar.

Pero Chavez, en vez de declarar a su país “chavista”, ha optado por una etiqueta más pudorosa: “bolivariano”. Se
ha buscado gente que le defienda, pero todavía no ha podido vertebrar un movimiento ideológico interesante. Por
el momento hay que seguir la diferenciación entre una herencia literaria que cree pertinente y otra que quisiera
silenciar. Aquiles Nazoa, por ejemplo, le viene como al dedillo; Arturo Uslar Pietri le incomoda demasiado. El
Presidente Chávez, aunque envió flores, casi ostentó su ausencia al sepelio del escritor; al que sí asistieron
expresidentes venezolanos como Luis Herrera y Rafael Caldera. Los textos de Uslar Pietri en su columna “El
Pizarrón” de El Nacional de Caracas no pueden obviarse en un debate sobre la actual situación venezolana; ni su
libro Oficio de difuntos en la comprensión de ese insólito caudillo de urnas que es el Presidente Venezolano.

Ya en el año 2003, entre el 7 y el 13 de diciembre, la Biblioteca Nacional de Cuba ofreció en la Biblioteca
Nacional de Venezuela un curso titulado “Leer a personalidades Bolivarianas”. Uno de los acuerdos del
intercambio, presentado como “espontáneo” deseo de los participantes, fue convocar en el futuro un concurso
dedicado a leer y escribir sobre Aquiles Nazoa. Es preferible, como sucedió en Cuba, promover esa literatura de
bienestar que agrada y reconforta las mentes antes que aquella otra que avanza un compromiso intelectual con
la gente. Pero ojo con el humor: en los regímenes  asentados sobre absurdas megalomanías históricas, llega un
momento en que la propia sonrisa es considerada un recurso opositor.

Emilio Ichikawa.
Abril-2005.
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