| Entre La Habana y Miami. En el caso del arte cubano, como en los tiempos de la guerra fría, el expediente ciudadano tiene una connotación política y esta un efecto estético y comercial. La pintura cubana sería uno de los campos más fértiles para demostrar que, en lugar de una “estética de la producción”, como quería el Marx de los llamados Manuscritos econónicos y filosóficos de 1844, el marxismo acabó fundando una “economía poítica del arte”. Como se sabe, la escritura de biografías artísticas o “curriculums” es todo un género literario. No se trata solo de tener una productiva vida artística, hay que saber también escribir y vender esa trayectoria. El pintor cubano recibe un plus antropológico gracias al fenómeno de la revolución cubana; y gracias al hecho de que esa revolución se consolidara en los años `60, fecha en que vivió su juventud y entró en su madurez una generación que ostenta hoy el gran poder administrativo, comercial, político y epistémico. El pintor cubano sabe, o por lo menos lo sabe su galerista o su “dealer”, que ese “plus antropológico”, ese añadido al valor de la obra de arte, no se cobra si la biografía contiene un alineaminto político explícito respecto al castrismo; sobre todo si es en contra. Lo mejor, porque es seductor y cómodo a las conciencias, es que el artista tenga en política una posición ambigua, ecléctica. La ambiguedad política por su parte se presenta de varias maneras: como apoliticismo, como adhesión crítica al castrismo, como disfrute selectivo del imperialismo. Todo aquí es previsible, prefabricado. De ahí que no sea muy interesante el pensaminto político de muchos artistas cubanos; y tampoco el filosófico. La globalización contiene un importante capítulo referido a la división internacional de estereotipos. Más allá de la “veracidad”, se conforman imágenes de las gentes y los países que generan niveles de expectativas. Son asignaciones que, como decía, emite el sistema internacional de clisés y que un artista debe satisfacer para estar en sintonía con los centros que emiten esas señales. Que son a la vez quienes más compran y reparten prestigio. De un artista cubano se esperan pues ciertas cosas; por ejemplo, que resida en La Habana. Esto lo sobrevalora políticamente, lo hace más mercadeable, pues los productos que llegan de detrás de esta anacrónica cortinilla de hierro, son más difíciles de reproducir en el mercado internacional. Y eso también se paga. Es por esta razón que con más frecuencia uno encuentra en las notas biográficas de los pintores cubanos una rara dialéctica geográfica que los hace declarar que viven “entre La Habana y Miami”, o “entre Santiago de Cuba y Madrid”, o que “viven en La Habana pero trabajan en Miami”, etc. Alguien ha bromeasdo diciendo que él pinta en La Habana, seca en París, enmarca en Bogotá y vende en Hialeah. Lo cierto es que estos artistas de “a caballo”, cuyos promotores venden como una síntesis ubicua de la cubanidad, acaban siendo unos desleales errores compuestos. Quien vive seis meses fuera de la isla y seis dentro, no solo le usurpa al artista exiliado el derecho sobre su circunstancia, sino que, de paso, le usurpa al artista cubano de la isla, que no puede viajar, la posibilidad de hablarle al mundo de lo que realmente siente como isleño radical, como insiliado. Emilio Ichikawa. 2005. |
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