| Volver Menu |
||||
| En la cerca. Una vez tuve un amigo que era muy hábil, y con bastante frecuencia inteligente. Se educó en los Estados Unidos y, mientras su familia portaba ese grupo de valores que identificamos como típicos del “exilio histórico”, él asimiló la ideología de la izquierda liberal; esto incluía, vaya conflicto, cierta seducción por la revolución cubana de 1959 o, para decirlo más claramente, una simpatía con el régimen de Fidel Castro, el mismo que los suyos aborrecían. Una vez, bajo un fuerte estado de sinceridad, me confesó que había sido invitado a una reunión donde se discutió el papel de la mujer cubana en el exilio. Durante todo un día se habló de las dificultades de ser mujer en una cultura machista, de como, a pesar de todo, el castrismo había logrado avances en sus derechos, de los retos del feminismo en una Cuba futura, etc. Al final de la jornada, siguió narrándome, se le dio la palabra al público asistente; fue entonces que de un grupo de elegantes señoras, de esas que llevan pasador de oro con la imagen de la isla, que se habían mantenido atentas en primera fila, una se levantó y dijo: “Ustedes han hablado durante todo el día cosas muy inteligentes, pero yo quiero decirles, en el nombre mío y de mis amigas, lo que ha sido el papel de las mujeres cubanas en el exilio: nosotros vivíamos felices en Cuba hasta que Fidel Castro apareció. Llegamos a este exilio solo con nuestros hijos, nuestros esposos y Dios. Trabajamos a la par con ellos y educamos a nuestra familia, estuvimos siempre juntos y con mucha fe salimos adelante. Ese es el papel de la mujer cubana en el exilio.” Yo sabía que, según los parámetros de la izquierda intelectual, la versión de la señora resultaba demasiado simple, sin embargo ese amigo respiró profundo, se ensimismó en cierta melancolía y confesó: “¿Sabes una cosa? Eso es verdad.” Un conocido personaje que viaja insistentemente a Cuba a establecer contactos con intelectuales y posibles elementos reformistas del gobierno, me contó que había sostenido una reunión muy interesante con un grupo de ellos. Les dijo que en Miami había gente que tenía un enfoque más complejo de la realidad cubana que el defendido por los cubanos conservadores. Les aseguró que, a diferencia de ellos, él pertenecía a un grupo que creía que Fidel Castro podía encabezar una apertura democrática en la isla, que había sido capaz de liderar una revolución independiente y darle beneficios sociales al pueblo. Les garantizó que Miami había cambiado y que solo los viejos del Parque del Dominó en la calle 8 siguen diciendo con desenfado que Fidel Castro es un dictador inservible. Como se suponía tan conciliador, terminó su declaración con una sonrisa y una invitación a comer; sin embargo, uno de los allí reunidos se le acercó y le dijo con un valor temerario: “¿Sabes una cosa? Los viejos del parque del domino tienen razón?.” Estas anécdotas nos muestran que en los ineludibles momentos de franqueza no solo la izquierda cubano- americana, sino incluso los propios funcionarios e intelectuales del régimen, se muestran insatisfechos con el tipo de sociedad erigido en Cuba y la forma cuasi feudal de ejercer el poder en ella. Esto significa que, aún cuando promovamos el famoso diálogo, hemos de tener en cuenta que sus fundamentos son falsos: muy poca cosa sirve del actual modelo cubano. Fidel Castro es un dictador, y esa evidencia no es histórica ni políticamente negociable. El diálogo se firmará en una cerca, pero los desmanes del totalitarismo no deben formar parte del contrato: están más allá o acá del enrejado. La cerca es ese lugar ambiguo y efímero donde nos realizamos como seres tolerantes. Ambiguo porque nos atenemos a una media verdad en nombre del respeto a la verdad del otro; efímero, porque la cerca es un tributo temporal que se hace para lograr un fin táctico. A nivel de estrategia la cerca se convierte en trampa, y el llamado justo medio una instancia hipócrita carente de significado. En la trampa de la cerca cayó el poeta cubano Juan Clemente Zenea; intentó ser leal a Cuba y leal a España, y en lugar de ser amado por muchos fue declarado traidor por ambas partes. Esa fue su verdadera culpa: se aletargó en la cerca y a nadie importó su voz. Emilio Ichikawa. Dic. 2003. |
||||