El sonido de la apatía

Hace unos años leí un breve texto de Álvaro Mutis donde, dos tercios en broma y uno muy en serio,
aseguraba saber quién era el causante del subdesarrollo latinoamericano.

Su respuesta significa todo un viraje en la lógica del pensamiento político regional, pues no habla de
revolución ni de antirrevolución, de robo de cerebros, de penetración imperialista, de mala suerte
histórica, de incompetencia o corrupción de los gobiernos.

El hallazgo de Mutis subvierte a toda nuestra tradición intelectual, desde Andrés Bello  hasta Raúl
Prebish; de Simón  Rodríguez a Eduardo Galeano; desde el Inca Garcilaso a Rigoberta Menchú. Según
el ilustre escritor, el principal responsable de la pobreza en Latinoamérica es el señor Atahualpa
Yupanqui.

Justo ayer salí por la ciudad a entrevistar algunas personas acerca del valor histórico de este personaje,
pero la verdad es que ni en Central Park, ni en el Zoológico del Bronx, ni en todo China Town me
pudieron decir nada acerca de él. Dato que  confirma que los newyorkers son un poco ignorantes de la
esencia de nuestra realidad; hasta tal punto que aquí The New York Times no pasa de ser, en rigor, uno
de los periódicos del barrio. Diré entonces, en breves palabras, quién es el señor Atahualpa Yupanqui.

Aunque solía vestir, lo que se dice, afectadamente oscuro, intentaba convencer a la gente de que era un
indígena; a veces un gaucho. No lo alcanzó del todo, pero doy fe que tuvo en el empeño más éxito que
Miguel Angel Asturias y el Subcomandante Marcos.

En todo caso se hizo pasar por una gente humilde que compartía con la gente humilde lo único que tipos
como él creen que interesa a la gente humilde: quejas, mala suerte y depresiones. Hacía canciones este
Yupanqui; y lo que es peor: las cantaba. Y lo  que es aún muchísimo peor: lograba  que la gente las
tarareara. Todo tipo de gente: hasta Garfunkel y Simon (en este orden).

¿Y de qué hablan las canciones de Yupanqui? Pues de una sola  cosa: de lo malo que es estar vivo.
Este hombre logró ir más allá del tango, incluso más allá de la “tanguedia”, como me alertaría un amigo.
Ha escrito numerosas milongas, pero sus longas son tremendamente peligrosas; como sugiere la
interpretación de Mutis, ellas quitan las ganas de trabajar y hasta de respirar.

Entre todas las canciones deYupanqui destaca por su bobería una que se titula “Los ejes de mi carreta”
(¿); los líderes latinoamericanos, los profetas de la identidad y el orgullo vernáculo de los países del sur
deberán explicar alguna vez la sospechosa popularidad de esta suerte de himno a la antimodernidad.

Atahualpa Yupanqui afirma que su carreta chirría por falta de grasa en los ejes que sostienen las ruedas.
Se trata apenas de un juicio descriptivo sin contenido axiológico,  pero esto solo en apariencia: él está
satisfecho con el ruido de su equipo.

No aporta el dato, mas supongo que se trata de dos ejes para cuatro ruedas. El suyo no pasa de ser un
simple problema mecánico: como ha aumentado el rozamiento, nada más hace falta lubricar  un poco las
juntas donde se produce la fricción. Y punto.

Pero nada de esto. Yupanqui eleva el tópico técnico a la categoría de problema existencial; lo pasa de
contrabando como una especie de ideología del yo. Como él se siente aburrido, cree que es mejor dejar
sonar a los ejes para así paliar un poco la soledad. Es como tirar a basura el tema pascaliano del tedio y
traducirlo a comentario de esquina: ¿qué diablos voy a hacer hoy con el tiempo que me queda?.

No se le ocurre cantar, escuchar el ritmo natural de los pájaros y el viento, comprarse una walkman o
una walkgaucho. Mucho menos inventar algo. Nada de eso: prefiere el sonido feo, feísimo, digamos “la
bulla” de los ejes de esa, su carreta.

Asegura, y en eso le doy la razón, que es demasiado aburrido seguir y seguir la huella sin “naide” que te
entretenga. “Te entretenga”: lo anterior es inútilmente cacofónico; la verdad es que en lugar de ponerse
a dar  el toquecito étnico con eso del “naide”, debería  haberse  preocupado más por las sutilezas de la
escritura.

Dice también que no necesita silencio, que en fín de cuentas, él no tiene  en quien pensar; y esta
trivialidad no me deja más opciones que pasar a la segunda persona: No tener una amada o un amado,
querido Yupanqui, es un rollo, pero no se trata aquí de un tema del corazón. Usted podría viajar mejor,
incluso sufrir con más comodidad, si hubiese decidido engrasar los ejes del carretón; que es lo que
corresponde.

Dice que hace tiempo tenía ese querer. Y bien, lo tenía y lo perdió, ¿y qué pasa con eso? Aquí
cualquiera pierde un beso. Por qué tiene que ser tan pesimista y acotar: “ahora ya no tengo más”. ¿Se
da cuenta del infortunado peso de ese más? Su gravedad supera todas las culpas de Cortés, de Aguirre,
de Pizarro, de Truman, Reagan y Aznar. Es como si los caminos quedaran cerrados definitivamente. Me
da la impresión queridoYupanqui, como dice una amiga, que su vida no tiene salida.

Algo más para concluir. Ser feliz no es el resultado de una vida plena, sino su presupuesto. Ud. debería
imponerse la felicidad en caso de que no le fluya como simple capacidad. Su resentimiento le impide ser
moderno.

Asegura Ud. que por no engrasar los ejes “le llaman abandonao”, dejando entrever como un intento de
autovictimización. No se trata de un chisme, de un comentario destructivo:  Ud. es definitiva y
concluyentemente un abandonado que no cuida los medios de producción, para decirlo en jerga
marxista.  

Así que no hay lucha entre civilización y barbarie sino entre la gente trabajadora y tipos como Ud.; entre
vecinos que tratan de mejorar las cosas y fanáticos convencidos de su propia justicia: “Los ejes de mi
carreta, nunca los voy a engrasar.”  Se trata de un verso ejemplar que nos muestra sin hipocresía la  
insolencia del negligente.

Lo que en algunos lugares de la campiña cubana se califica como “complejo de caballo enano”, esa
egocéntrica terquedad que no permite crecer a la inteligencia a través de un proceso natural de cotejos
y rectificaciones, es lo que alimenta el malestar de la cultura latinoamericana incluso dentro de los
mismos EE.UU.

Nada de complejos de inferioridad sino pura soberbia: los ídolos regionales experimentan una gran
satisfacción en medio de la más soberana bobería.

New York. Feb-2003.  


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