Elizardo Sánchez

En los años ´80, mientras estudiaba y comenzaba a trabajar en la Universidad de La Habana, no tenía
muchas noticias del creciente movimiento de disidencia y oposición que se gestaba en la isla. Puedo dar
fe de que no era negligencia. La Plaza Cadenas de la Colina Universitaria, hoy Ignacio Agramonte, era
centro de muchas inquietudes y comentarios; sobre todo, después de la Perestroika de Gorbachov.

Nuestro problema, como profesores y escritores, estaba centrado en las aulas y en la reforma de los
planes de estudio, copiados de los modelos soviético y este-alemán. El único caso de enfrentamiento
directo, ya en el nivel político, que se conoció en esa época en la Facultad de Filosofía e Historia de la
Universidad de La Habana, fue el del profesor y querido amigo Enrique Patterson, profesor de Filosofía
Clásica Alemana.

Para sancionar al profesor Patterson, sin embargo, no era necesario haberle sacado en cuenta sus
opiniones políticas; por esa época bastaba con decirle “hegeliano”, ergo: panlogicista, idealista y, en
consecuencia, según el folleto Acerca del materialismo militante de Lenin, haberlo tildado de “lacayo
titulado del clericalismo y la burguesía”. Una suerte de “narcofilósofo”, por aquello de que, según Marx,  la
religión y la filosofía idealista eran “el opio del pueblo”. El mundo de la disidencia, en resumen, corría
paralelamente al del criticismo en el ambiente universitario.

La disidencia y oposición interna es hoy mucho más notable y fuerte, pero me atrevo a decir que algunos
elementos de aquel divorcio o paralelismo siguen existiendo. En la Universidad de La Habana los
disidentes son menos conocidos que en el exilio, a pesar de toda la paradójica publicidad que el gobierno
cubano le está haciendo. El colmo de esa paradoja, como se sabe, fue la crítica al Proyecto Varela; la
gente fue incitada a censurar algo que no conocía, lo que despertó la curiosidad por saber de qué se
trataba.

En el ambiente en que yo me desenvolvía, eran conocidos ciertamente algunos disidentes, pero por
razones externas a la lógica de la política. Conocía a Ricardo Bofil porque el gobierno cubano le había
presentado en televisión, difamándole con una palabra espectacular: “fullero”; también sabíamos de
Osvaldo Payá porque una de nuestras amigas era vecina suya, y nos aseguraba que teníamos que
conocerlo porque era una excelente persona, y a Elizardo Sánchez  porque, en efecto, había sido
profesor de Filosofía de la Ilustración. Más tarde nos relacionamos con Leonel Morejón porque estudió la
Licenciatura en Derecho por el sistema de Cursos Dirigidos, llegando a trabajar como abogado en el
pueblo de Bauta, donde yo vivía; y a Manuel Cuesta Morúa y Leonardo Calvo porque nos unía la gran
amistad que da estudiar cinco años juntos en una misma escuela.

De Elizardo Sánchez se contaba una anécdota simpática. Cuando en el edificio del rectorado se inauguró
el Centro de Estudios de Alternativas Políticas, aseguran que Elizardo se presentó con un proyecto de
apertura política y el mismo portero (el CVP), le objetó: “En este centro, alternativas, hay solo dos:
Socialismo o Muerte.” También se comentaba, por qué negarlo, que era sospechoso que dijera todo lo
que estaba diciendo y no le pusieran en la cárcel. Comparado con el nuestro, su lenguaje era demasiado
subido de tono, a pesar de su autoproclamada “moderación”.

Pero en la isla todo es sospechoso; y  si razonamos deductivamente, aceptando que la Cuba de Castro
es un régimen totalitario y no solo una dictadura entonces, per definitionem, en la puesta en escena
participa todo el mundo aunque con diferentes grados de compromiso. Es un “circo” general, como se
dice en las calles cubanas.

En el curso 1980-81, yo ocupaba en el piso 17 de la Residencia Estudiantil Lázaro Cuevas, situada en F
y 3ra, Vedado, el cuarto 06, dispuesto con dos “literas” para cuatro estudiantes. Me acompañaban allí
tres etíopes, grandes amigos e inteligentes estudiantes: Belae Casaye, Mandrefo Hailu y Hailu Damas,
casi un genio de las matemáticas.

Además de amárico, ellos hablaban pefecto inglés, por lo que escuchaban música en ese idioma que
tranmitían emisoras del sur de La Florida captadas con facilidad a esa gran altura frente al malecón
habanero. Un día, saliendo del cuarto, un explícito miembro de la Seguridad del Estado en la Universidad
me pregunta si “los extranjeros” hacían comentarios políticos y por qué escuchaban música en inglés. La
música en inglés en la Cuba de esos tiempos, antes que el programa Para Bailar cambiara la cuestión,
era la preferida de la juventud habanera; incluyendo a aquellos etíopes, por demás bilingues. De política,
le “informé” al “seguroso”, ellos no hablaban, y si lo hacían era a favor de la “Revolución” del joven militar
Mengistu Haile Mariam. Una pregunta de él y una respuesta mía: un intercambio de apenas segundos.

Casi 15 años depués, conversando con otro agente de la Seguridad que trabajaba y compartía la vida
universitaria con nosotros, me aseguró que yo no tenía por qué preocuparme, que ellos estaban muy
contentos con aquella actitud que había asumido informando sobre los etíopes. Aunque a mí no me
condecoró el Ministro, como han dicho ayer en La Habana que hicieron con Elizardo, también obtuve mi
“laudatio” revolucionaria.

Por esta razón no me extraña que, efectivamente, la policía haya felicitado a Elizardo. Como sucedió en la
antigua Europa del Este, cualquiera tiene en Cuba una nota expeditiva sobre favores al régimen. ¿No se
dice que Batista le abrió a Fidel el camino al poder?.

Negar cualquier tipo de entusiasmo o participación en una sociedad de organización totalitaria es una
tarea fútil. Se trata de un sistema controlado por una imaginación portentosa para la maldad. El asunto es
que esas celebraciones no descaracterizan la labor de Elizardo Sánchez como defensor de los derechos
humanos; en todo caso no es un indiferente y ha dado muestras inequívocas de estar sensibilizado con
los problemas de su  país.

Un libro escrito contra él se titula El camaján; y según dijo la Televisión Cubana, le condecoró el propio
Ministro del Interior (sin decir el nombre de ese Ministro, ¿acaso Abrantes?), lo que provocó la risa del
auditorio. Una vez más el recurso impío de la política cubana se ensaña contra un compatriota: el choteo.

La destrucción moral de la persona es un arma menos escandalosa, menos dolorosa en lo físico, pero
más mortífera que el encarcelamiento. Y eso es lo que se pretende contra Elizardo Sánchez.

Como el pecado es original, como cada uno de nosotros es un pecador, debemos seguir al menos dos
líneas en el debate:

1-Desenmascarar lo que la propia Constitución de 1976 llama “Crímenes contra el honor” allí donde la
acusación sea falsa.

2-Cesar en la construcción de imágenes de disidentes y opositores “intachables”, y trabajar porque su
valor se reconozca más allá de cualquier “pecado” que como todo cristiano pueda componer su biografía.

Según Pushkin, cuando el vulgo descubre que Mozart es un pecador, rumora satisfecho:

_!Mira, mira. Si es bajo y vil como nosotros!.

A lo que el poeta ruso replica:

-Sí, es bajo y vil, pero no como ustedes.

Agosto-2003.  


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