El delito en Cuba

Desmarcándose otra vez de la regla general en busca de su terca excepcionalidad, en Cuba no se hacen
leyes para que el “ciudadano” las cumpla, sino precisamente para que las transgreda. El orden no emana
del premio al cumplimiento de la ley, sino del castigo a la desobediencia.

El incumplimento de la ley es estimulado por la singular lógica del tipo de sociedad emergida de los
eventos de 1959; pero también por un grupo de factores vinculados a la naturaleza de la propia ley. Dos
de ellos son:

-La abultada cantidad de legislación.

-El carácter “antinatural” de la ley.

Hay profesores que opinan que en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana no se enseña
jurisprudencia, sino legislación. Algún historiador asegura que esto tiene que ver con una herencia dejada
por la visita de Hans Kelsen en la época republicana, pero yo creo que obedece a un buen cálculo en una
estrategia de dominación totalitaria.

La hiperlegislación impide, de hecho, el ejercicio de la justicia, aún en los estrechos marcos de esa que es
adjetivada como “revolucionaria”. En Cuba la ley no es la ley, pues la cantidad de decretos, decretos-
leyes, normas, directivas, etc., convierte a la legislación en algo invisible.

Esto ocurre, por ejemplo, con la afamada Ley de la vivienda. Según esta ley, el cubano puede tener
cualquier tipo de derecho respecto a su casa. Parece, incluso, una ley “racional” en los términos
revolucionarios; pero resulta que la cantidad de legislación complementaria que anula o modifica los
artículos de esa ley pueden llenar una habitación completa.

Este es uno de los obstáculos que reporta el proyecto político que aspira a la reforma del sistema político
cubano usando la propia legislación por él concebida. Es, por demás, un problema general del
constitucionalismo contemporáneo: los poderes constituídos han rebasado definitivamente a los poderes
constituyentes. La Constitución de 1976, como el resto de la legislación cubana, es inasible: una ficción
que precede a lo real. Un ejemplo:  la  “ley” que crea a las Milicias de Tropas Territoriales es posterior a la
creación “legítima” de las mismas en el fragor de un discurso político.

La ley cubana es “antinatural”; es decir, se concibe a contrapelo de la propia dinámica de la vida
cotidiana. Y se factura precisamente así para que sea violada y cosechar ventajas políticas del delito. Es
coherente con esto el negar que la costumbre sea fuente de derecho. El objetivo es castigar aquello que
todo el mundo hace: es ilegal comprar en la bolsa negra, es ilegal salir en balsa de la isla, es ilegal lograr
matrimonios fraudulentos, es ilegal criar gallinas o vender panes por la calle, etc. En resumen: es ilegal
vivir en Cuba como lo hace una persona común que tiene que “inventar para escapar”.

Ahora bien, esa ilegalidad general no se hace patente hasta que no aparecen elementos que afecten, o
al menos preocupen, la ostentación del poder. Por ejemplo: un éxito desmedido en lo económico, una
opinión política o conducta social que se valore como contraria a lo establecido.

En Cuba todo el mundo esta delinquiendo, pero no todos son acusados de cometer los delitos. Hay un
límite, muy movible por cierto, que divide a los delitos en dos tipos:

-los inofensivos para la revolución, y

-los peligrosos para ella.

Cuando un vendedor de pizzas y refrescos se compra una motocicleta, se fabrica una casa o se va de
vacaciones una semana, la policía se percata de algo que ha sabido siempre: que la harina es hurtada en
el restaurant de la esquina, que la levadura viene de la cervecería del Cotorro o que la manteca la
revende el bodeguero del barrio. Y lo mismo ocurre cuando el taxista hace un  comentario fuera de lugar,
por ejemplo, que ahora sí el Comandante se está pasando de rosca. Le llego la hora de explicar el origen
de la gasolina, el cambio de la barra de transmisión y la marca de la batería del auto. La justicia exige
entonces que el acusado se excuse por lo obvio, por la comisión de un delito promovido por el propio
ordenamiento político.    

La ley en Cuba es insólita; el delito, curiosamente, un arma de la revolución.


Abril-2003.





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