El bibliotecario

          Para R. Colás y E. Acosta.

Una definición de partida: las bibioletas son depósitos de saber. Importantes las hubo en Alejandría y en
Pérgamo, donde además de libros se atesoraban ejemplares de plantas y animales, armas y armaduras.

En sentido general, solemos llamar “bibliotecarios” a las personas que trabajan en las bibliotecas, pero
resulta que en ellas se hacen muchas cosas: desde imprimir libros, conservarlos, administrar su lectura y
comercializarlos. En una biblioteca trabajan choferes, escritores, contadores, especialistas en arte, etc.
Sin ese grupo diverso una biblioteca no funcionaría jamás; ni estaría a salvo el orgullo del investigador o
la eficacia del jefe del departamento de “canje”, por poner un par de ejemplos.

En Cuba hay bibliotecas importantes lejos de las cuales es difícil tener acceso a un conocimiento cabal de
la cubanidad. Me consta que hay legajos de nuestros patriotas sin revisar, documentos esenciales de
José Antonio Saco amarrados con una soguita, y estantes enteros sin saber qué atesoran.

Cualquier estudioso de la isla sabe que en el Archivo Nacional, en el Instituto de Literatura y Lingüística
(antigua Sociedad Económica de Amigos del País), en la  Universidad de La Habana y en la Biblioteca
Nacional, aguardan increíbles revelaciones de nuestra historia. Eso sin contan las Logias, las Iglesias y
Seminarios, así como algunas bibliotecas personales importantes. Como la del Sr. Salvador Vilaseca, que
fue donada hace años a una subsede de la Academia de Ciencias de Cuba que queda en una dirección
proverbial: Cuba y Amargura, Habana Vieja.

No obstante, en las bibliotecas se suele considerar estrictamente bibliotecario a aquel que ha estudiado
“bibliotecología” o “información científica”. Yo, que trabajé en la Biblioteca Nacional de Cuba, no fui
considerado jamás un bibliotecario; bordeaba el gremio, tenía excelentes amistades, pero hasta ahí. El
bibliotecario tiene su orgullo personal, y se protege y constituye en una moralidad propia. El bibliotecario
está más cerca de la erudición que de la creación literaria. Eso, a pesar de que Reinaldo Arenas trabajó
un tiempo nada más y nada menos que en la sala infantil de la referida biblioteca, ayudado por Eliseo
Diego.

Por esta razón, cuando empezó el movimiento de las Bibliotecas Independientes en Cuba, la primera
objeción que se tenía a mano era que ese grupo no estaba formado por bibliotecarios profesionales; esos
del gremio. Es un argumento que se preparó contra Ramón Colás; pero curiosamente, Eliades Acosta,
uno de los principales especialistas de nustra historia militar, también confrontaba problemas de
aceptación dentro del gremio. Además de que es un gran santiaguero, y la Biblioteca Nacional está en La
Habana.

La biblioteca es, por demás, un lugar discreto, políticamente suave; el menos respecto a las
Universidades, donde uno tiene decenas de adolescenetes frente a la clase. A la gente incómoda se les
suele dar un puesto en las bilbiotecas; lo obtuvo Borges, igual que Eliseo Diego y Walterio Carbonel,
castigado por intentar fundar un “black power” fidelista (¿).

Es difícil estructurar una reflexión coherente, con definiciones claras, que de cuenta tanto de la red de
bibliotecas cubanas, como de aquelas surgidas al margen, es decir, independientemente de la  
responsabilidad estatal. Lo cierto es que como nunca, el trabajo de bibliotecario en Cuba ha sido
prestigiado una vez más por nuestra sensibilidad política.

Hoy, cuando se habla de intelectuales y escritores cubanos, siempre se agrega, y “bibliotecarios”. Antes
no era así, el de bibiotecario era un trabajo oscuro, a la sombra, y solo se le reconocía prestigio a unos
cuantos profesionales como Ana Cairo, Tomás F. Robaina o Aracelys García Carranza.

Que el bibliotecario cubano, ya sea en La Habana, Miami o San Juan, goce hoy de la categoría
indiscutible de intelectual, es uno de los buenos frutos que toda esta polémica ha dejado. María Teresa
Freire de Andrade está seguramente feliz del resultado, no sé si con el proceso.

Por demás quiero decir lo siguiente: Eliades Acosta Matos, santiaguero del barrio de Los Hoyos, y Ramón
Colás, holguinero de pura cepa, son personas que tienen más cosas en común que diferencias. Ambos
han sido mis amigos, les he querido y les he respetado. Si el diálogo cubano fuese finalmente cierto, creo
que estas dos gentes tendrían muchas cosas que decirse.

Julio-2003.



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