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| El 20%. El jueves 1ro. de mayo, a bordo del portaviones USS Abraham Lincoln, George Bush anunció el fín de las operaciones militares básicas en Iraq. En su declaración advertía que los objetivos de la operación no se habían cumplido plenamente, por lo que el cierre era más bien relativo. Por demás, la llamada “democratización de Iraq” es una meta compleja, y que puede archivar por un buen tiempo la perspectiva historicista del pensamiento Occidental. En los días siguientes a la declaración algunos diarios dieron a conocer encuestas que tendían a considerar que ocho de cada diez norteamericanos apoyaban la política de George W. Bush en esta guerra, mientras dos estaban en contra. No es difícil identificar algunos gestos cercanos de esa mayoría. En los medios de difusión, particularmente en los canales hispanos como Univisión y Telemundo, se percibe el orgullo de las familias al haber contribuído con la gestión militar del ejército norteamericano. Los hispanos en Estados Unidos han aportado mártires y héroes a esta guerra (ojo: no solo música, tacos o algunas metamorfosis linguísticas). También se puede constatar ese 80% de apoyo a la Casa Blanca en las banderas norteamericanas que flotan en los portales, en los techos de las casas, en las antenas de los autos. O en conversaciones en fiestas donde algunos padres dicen con orgullo: “El menor mío entró en el Army. Va camino a Iraq.” Lo he escuchado con frecuencia en algún Bakery, en alguna Nursery, el teatro y al menos en un par de Aeropuertos. Pero hay que mirar también hacia la naturaleza de esa minoría que se opone; un grupo que, a pesar de llamarle así, “minoría”, tiene una gran destreza en el uso de los medios de difusión, además de una insólita capacidad de convocatoria y habilidad organizativa. Hasta los indiferentes caen en las redes de la no menos “dominante” propaganda pacifista. Para ellos hay un atajo muy viejo en la retórica pública: “Estoy en contra de cualquier tipo de guerra.” Afirmación y negación a un mismo tiempo; verdad y mentira. Yo mismo, de cierta manera, he tenido que ver con esta evasión. Resulta muy eficiente para el trato con desconocidos. Lo primero que resalta en la naturaleza de ese 20% es su autorreferencialidad. Contiene grupos de amigos, familias, gremios o gente aburrida que se busca con un objetivo fijo: llevarle la contraria al grupo visible en e poder; o sencillamente para pasar el tiempo. Si ese poder central hace guerra, se oponen; si hace paz, se oponen también. Como se comprenderá, no hay que tener mucha imaginación para ello, ni es necesario energía para llevar la iniciativa. La oposición trabaja de riposta y uno no sabe que sentir entá en la base de sus demostraciones: si el amor, o el rencor. Ese 20% es dogmático en sus ideas; jamás contrasta con la gente que sostiene el punto de vista diferente. Ni siquiera les tratan, pues lo consideran inmoral. Hay gente que está contra la guerra que nunca ha tratado a alguien que piensa de forma distinta, es como si estuvieran entrenados en la lucha contra un fantasma. Ese aislamiento es una fuente segura de una terquedad que se experimenta sensitivamente como solidez argumental. En esos grupos ociosos, consumidores de filosofías, de arte, de costumbres (mientras más ajenas mejor), se genera una moda que funciona policialmente en la conservación de la coherencia ideológica. Se comparten formas de vestir, dietas, autores de libros, marcas de coches, infusiones, programas de televisión, y quien se salga de esas convenciones es sometido a una crítica demoledora, a un proceso de exclusión tan violento como la guerra que dicen combatir. Solo la creación auténtica, la factura de un arte, un oficio, de un simple servicio sincero a la comunidad, la familia o los amigos, puede fertilizar la elaboración de un criterio pleno; quizás no genial, quizás no acertado, pero al menos auténtico. Emilio Ichikawa. Monroe Ct. mayo, 2003. |
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