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| Dramatologia. Para Carlos Victoria. Jacques Derrida, filosofo francés cuya influencia casi malogra una generación de jóvenes intelectuales americanos (lo ratifico en La Habana el maestro de historiadores Ch. Tilly), afirmo que la escritura constituía el eje sobre el que se montaban las comunidades humanas. Y escritura, según ha creído, es casi todo: lo mismo la grieta arbitraria en una roca que el arqueólogo sobrestima, que el verso inmejorable del dramaturgo canónico. De ahí que pasara a considerar que la ciencia del hombre debía ser básicamente una “gramatologia”; es decir, el estudio sistemático de las claves de dicha escritura. Tal seria, en sentido estricto, la mas legitima metafísica social. El novelista checo Milan Kundera , sin embargo, cree que el fundamento de la sociedad (al menos de esta contemporánea que identificamos como postmoderna) es la imagen, por lo que la ciencia en cuestión debería resultar una suerte de “imagologia”. Su propuesta es una rectificación telemática de una antigua aseveración de Arquímedes en el ámbito de la mecánica: “Dadme una imagen y moveré al mundo.” Yo opto por esta segunda hipótesis al menos para estudiar, y sobre todo para comprender, el ultimo medio siglo de historia cubana. Fidel Castro es el mas desvalido de los soldados en la guerra de fuego y metralla; pero es, en cambio, un supremo general en la batalla de la opinión publica: es un obseso de las imágenes. ¿Y cual es el espejo donde las imágenes son tan efectivas que se elevan al rango mismo de lo real? Pues la red publicitaria de los Estados Unidos, su quimera, su utopía intransferible. La guerrilla en la Sierra Maestra, que encandilo a un periodista como Mathews y a un poeta como Neruda, el enfrentamiento con el imperialismo y la piedad con los pobres del mundo, todo no es mas que truculencia, imaginería mas efectiva en la medida que es mas delirante. El castrismo es apariencia. Pero esto no es poco pues, como decía Hegel, la apariencia es la esencia en la existencia. Creo por eso que es todo un hallazgo de la jerga académica referirse a las alternativas políticas en términos de “escenarios”. Y es que en cualquier caso la política cubana se trata de eso, de una puesta en escena. Por esta razón me inclino a considerar que para comprender los “escenarios” políticos insulares debemos probar con una “dramatologia”. El historiador mexicano Enrique Krauze sitúa al drama El gesticulador, de Rodolfo Usigli, como el heraldo del fin de la revolución mexicana. ¿Qué pieza teatral cubana pudiera considerarse homologa de la anterior?, ¿cuál de ellas anuncia el fin de los “años duros” para Cuba: Los siete contra Tebas, Un sueño feliz, Los equívocos morales?. No se. Como quiera que sea, un estudio “dramatologico” de la política castrista debería detenerse a estudiar el guión, la dirección, el publico, los actores, la producción, el vestuario, el maquillaje, las luces, el sonido y, lo que parece definitivo en este caso, la tramoya, el trucaje. Los anteriores tientos cobran fuerza en algunas tesis expuestas por el profesor José Quiroga en su ensayo Homosexualidades en el trópico de la revolución (En: Sexo y sexualidades en América Latina. comp. D. Balderston y D.J. Guy. Paidos, 1998), donde apunta: “Si es posible afirmar que la revolución fue un teatro, entonces la homosexualidad era el limite del teatro publico de la revolución y del espectáculo revolucionario.”(p.208) Es interesante el uso del verbo “ser” en tiempo pasado. En efecto, aunque se conserven los significantes relativos a lo “revolucionario”, esto ya no obedece mas que a la fuerza de la costumbre o al juego simbólico que anteriormente señalamos. Una revolución es un proceso de cambios drásticos que, sencillamente, no se puede sostener mas allá de ciertos limites temporales. No se ha fijado el limite en que ha terminado la revolución cubana; o se ha hecho, en efecto, pero sin lograrse un consenso al respecto. Desde el punto de vista de la sociología política no estaría descaminado considerar el año de 1975, cuando se realiza el Primer Congreso del Partido Comunista Cubano y se insiste en que la revolución se ha institucionalizado. Lo anterior es revelador, pues una revolución no puede institucionalizarse si no es al precio de autoextinguirse. Hay costumbres , hábitos que nos inclinan a hablar todavía de la realidad política de la isla en términos de revolución, pero no existe ninguna razón que avale esa nominación. En todo caso, lo mas que se puede hacer es referirla como la “sociedad emergida de la revolución de 1959”, sea cual fuere su tipo. El profesor Quiroga introduce además una interesante nota donde refiere como prueba ilustrativa de la teatralidad de la revolución el hecho de que la novela La travesía secreta (Ediciones Universal, Miami, 1994), de Carlos Victoria, ubicada en La Habana entre 1960 y 1970 se centre en “la interacción de un adolescente con un grupo de teatro, cuyo deseo es poner en escena una obra tradicional de Chejov y no una de Grotowski o del Teatro de la Crueldad de Artaud.” El narrador camagüeyano intuyo el locus natural donde se debe ubicar un conflicto que desemboca en un cuestionamiento destinal de la revolución. Termina el profesor Quiroga llamando la atención sobre una creencia de Virgilio Piñera, expuesta en la Introducción a su Teatro completo, según la cual la entrada de Fidel Castro en La Habana competía con ventaja con la teatralidad de cualquier dramaturgo cubano. “Persona”, decía Ortega y Gasset, es “personaje”, mascara. La revolución de Fidel Castro, Dramaturgo en Jefe con sorpresivo aval del mismo Virgilio Piñera, es como una función sobre las tablas. Obedeciendo a una lógica indescifrable que retumba en los orígenes grocolatinos, debuto como heroica, se reporto inmediatamente como tragedia y clausura como farsa. Lo importante en la sociedad que ha producido es la representación; no el actor sino el personaje, la mascara: dime la mascara que usas y te diré quien eres. Emilio Ichikawa. Homestead-Oct.2001. |
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