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| Jacques Derrida: de la razón al evento. El jueves 24 de octubre el filósofo francés J. Derrida (Argelia, 1930) ofreció en Stony Brook, New York, una conferencia titulada The World of Enlightenment to Come: Sovereignty, Exception, Calculability. Logró congregar un público joven y numeroso, con el que compartió, además de los tópicos de siempre (“Deconstrucción”, juegos etimológicos, observaciones problemáticas sobre el pensamiento alemán, etc.), algunas propuestas nuevas incluyendo sus alcances ideológicos. Derrida fundamentó una parte importante de su disertación en el siguiente presupuesto: el punto de vista de la Globalización es “lo mensurable”; es decir, el proceso globalizatorio estaría regido por un grupo de valores que pueden ser medidos, contabilizados; con lo que de paso está reconociendo que la Globalización es, además de una metástasis de McDonald’s y ketchup, el triunfo de un paradigma intelectual de raíz anglosajona: el pragmaticismo. Palabra que, como dijera el joven pensador valenciano José M. Esteban, es lo suficientemente cacofónica como para que el periodismo banal no la pretenda, ni traduzca como el apego amoral a los bienes materiales. De esta manera el pensador francés rescata para el debate contemporáneo (para la “ontología del presente”, que diría Foucault) el viejo asunto teológico de la naturaleza de Dios: ¿es Dios una magnitud o una cualidad?, ¿de qué grado, o de cuál tipo?. Entonces, si la Globalización implica la prioridad de lo medible, la moralidad (o algunos elementos de ella) no formaría parte del proceso; por lo que habría que protegerla del flujo globalizador o, al menos, considerarla al margen del mismo. La ideología incorpora aquí a la semántica y la interpretación: lo moral no podría ser entendido a la luz de las reglas de juego de la Globalización. Lo anterior anuncia dos estrategias performativas en lo ideológico: a)-La moral estaría marginada por un proceso globalizador de carácter dominante, por lo que de alguna manera habría que defenderla del mismo. b)-La moral quedaría al margen, indiferente a la Globalización, creándose la necesidad de generar espacios utópicos donde los “valores no mensurables” pudieran regir. La rearticulación definitiva de elementos utópicos al interior de un pensamiento que antes nadie dudó en considerar “postmoderno” en el sentido radical, fue de lo más interesante en su intervención. Derrida llegó a hablar del “honor de la razón”, de la venida de un nuevo Iluminismo capaz de bregar con este tiempo, y de la “dignidad” como eje rector una moralidad emergente, que nace y se precisa con urgencia. Se puede constatar, en efecto, la existencia de toda una tradición en el ejercicio perverso de la razón (es lo que algunos han llamado “traición” a la racionalidad); en nombre de ella se han conquistado y evangelizado pueblos, se han declarado guerras y censurado creencias. Quizás estemos asistiendo hoy a un traspaso insólito: todas las facultades que tradicionalmente se le han asignado a la razón (Dios), son ahora predicaciones del “evento”; en consecuencia, lo que antes se practicaba con la cobertura legitimante de la “racionalidad”, hoy se hace en nombre de “lo sucedido”. Esta observación es filosóficamente muy importante pues lo “universal” se ha depositado en un elemento fugaz, en algo parecido al “instante”; puntualidad temporal que Hegel definiera como “el presente finito”. Lo que pasó, lo sucedido, con toda esa carga de indefinición, es ahora la fuente más segura de legitimidad. El evento ha sido elegido como representante de lo esencial, lo “eventual” empieza a significar lo histórico-necesario. Si jugáramos a sustituir en la Ciencia de la lógica de Hegel el espacio funcional que ocupa lo necesario-universal por lo sucedido-eventual, lograríamos una memorable subversión en el ambito de la dialéctica. Derrida permitó esta vez que gravitara sobre sus palabras el espetro de Kant y no tanto el de Marx. En la solicitud de salvar el “honor de la razón” habló de cuatro tipos de racionalidades: la teórica, la práctica y la estética. No hay que hacer mucho esfuerzo para reconocer aquí lo que convencionalmente se llama las tres “críticas” de Kant: la reflexión sobre los límites de la razón pura y la razón práctica, y la especulación acerca de los límites de la facultad para ejercer el juicio estético. Sin embargo, la nueva situación de consagración filosófica del evento ( septiembre 11 es por demás el evento absoluto) le exigió otorgar a la “razón figurativa” el mismo rango que había propuesto Kant; es algo que Derrida no alcanzó a exponer aún con plenitud, pero cuyo diseño epistémico incluye sin dudas la especulación estética en el tratamiento de cuestiones vinculadas a la ideología y la filosofía de la historia. En su tratamiento de la razón práctica Derrida sugiere un corrimiento de lo filosófico-universal a lo artístico-individual. En la era global los intereses morales, que no son medibles, deberían concebirse a partir de los ámbitos singulares (el hogar, el amor, la amistad, el pueblo, el barrio, el “yo”, lo que el mismo Derrida llama comunidad nacional por oposición relativa al estado nacional, etc.) y sólo desde ahí elevarse al establecimiento posible de universales éticos. Aunque apenas hizo una sola referencia literaria, Derrida propuso algo que ya Baudelaire había significado: los nuevos caminos de la filosofía brotan en el terreno de la literatura y el arte; así como la metafísica se ha refugiado, ante “la crisis de la imaginación”, en la astrofísica y la matemática, más bellas que exactas. En la modernidad, la experiencia histórica se adelanta como experiencia estética. Pero hay algo más. Si bien la moralidad debe ser salvaguardada en un mundo obsesionado por lo cuantitativo, de aquí no se infiere necesaramente una demonización de este tipo de valores medibles en los que Derrida asume que está enmarcada la globalización. Resulta que también lo irracional es inconmensurable, y lo es en un doble sentido: en lo que se refiere a su incalculabilidad, y en las posibilidades cuasi ilimitadas de manifestarse. El “terror”, que fuera uno de los protagonistas principales de las revoluciones modernas, vuelve ahora con toda la espectacularidad y consistente indefinición de los términos rebautizados con el prefijo “post”. El “posterror”: un nuevo miembro de esta familia léxica que, aunque trivial, ha escoltado fielmente a una realidad capaz de desafiar su propia capacidad de autoverificación. Lo que no sabemos aún es si este post-terror es una manifestación de lo irracional o si es, en cambio, un epifenómeno (perverso o natural) de esa misma razón cuya honorabilidad trata de restablecer el filósofo. Emilio Ichikawa. New York. Oct. 2002. |
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