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Cuba contemporánea: entre La Habana global y el Miami nacional.

La Habana y Miami se han constituido en dos polos de gravitación cultural de aquello que ,
siguiendo los usos, podemos llamar “cubanidad”. Es una polaridad asimétrica pues,
mientras La Habana es la capital de un país, con un estado y un gobierno, Miami es el
continente de una comunidad cubana (estratificada y a esta altura bastante diferenciada) que
coexiste con otros grupos nacionales y de emigrados. El jefe del gobierno cubano, no se puede
olvidar tampoco, es reconocido como presidente por el resto de la comunidad
política internacional, rango inaccesible para los políticos locales.

Los políticos cubanos de Miami no hacen política “cubana”sino norteamericana. Hace unos días el
alcalde Penelas, quien consolida una carrera dentro del Partido Demócrata, se hizo una
autocrítica por su actuación “pro cubana”durante los eventos relacionados con el caso Elián
González; según dijo, se había dejado llevar erróneamente por sus sentimientos.

Miami es una ciudad bajo legislación americana, sin un representatividad política formal
para el elemento cubano. No hay embajada miamense en Washington, ni se cuenta con una
delegación en Naciones Unidas. El sostenimiento del nacionalismo cubano en esta
ciudad floridana exige pues un plus de entrega, con el que se suple la falta del elemento
geopolítico (la insularidad y sus simbolismos) y de la institucionalidad. En Miami hay que vincular
tres elementos: el sentimiento de la cubanidad, la profesionalización de ese sentimiento, y su
constante reafirmación pública.

El Miami nacionalista ha llegado a ser, paradójicamente, la realidad anómala del ideal
anexionista cubano del siglo XIX. Mientras la isla padecía las restricciones impuestas por el
colonialismo hispano, algunos patriotas pensaron que, poniéndola bajo legislación
americana, la comunidad cubana podía florecer económica y socialmente. Una comunidad
cubana funcionando bajo legislación americana: eso es precisamente Miami; con la diferencia de
que no se llevó la legislación a la gente en la isla, sino que se trajo a la gente a funcionar bajo
dicha legislación en Norteamérica. El movimiento fue inverso, pero la resultante es la misma.

Y en efecto, la comunidad cubana ha conseguido en el contexto americano un grupo de
logros impresionantes en los ámbitos más disímiles, llenándola de un orgullo que la ha
llevado a autorreconocerse no solo como comunidad con una identidad específica, sino
como “país” e incluso como “raza”. No son pocos los cubanos que piensan que en los
papeles del INS debería introducirse un ítem que permita reconocer a la cubana como una
“raza”, pues el rótulo de “hispano” y “latino”se desajusta de la autoimagen.

Las  relaciones entre Miami y La Habana son más fuertes y creíbles mientras menos
formalizadas están. Las llamadas relaciones académicas, así como las políticas,
padecen todas las suspicacias que abarcan la vida pública cubana de las últimas décadas.
Aquellas que se tejen alrededor de necesidades y medios espontáneos, como es la familia,
la amistad y el interés económico, se consolidan sin necesidad de esperar por el milagro de la
llamada transición cubana. Los negocios de baja escala entre La Habana y Miami son muy
variados e imaginativos, también, los nexos personales que se van formando, algunos de los cuales
alcanzan a familias notables de uno y otro lado. Como he apuntado otras veces, para entender la
dinámica de la sociedad cubana contemporánea es imprescindible una “genealogía”. Seguir el
rastro del gen y del dinero.

Estos lazos naturales entre Miami y La Habana están llamados a consolidarse en un futuro,
desplazándose al occidente del Caribe la puerta por donde este puede afianzarse en la
estructuración de un universo global. Se espera una reestructuración de la demografía cubana
repartida entre estas dos ciudades, pero todo parece indicar que la dirección del flujo se
mantendrá invariable, toda vez que, hasta donde se puede ver, resulta más conveniente estar
ilegal en Miami que legal dentro de la isla.

La cubanidad de Miami es fuertemente centrípeta; no se estructura en base al pasado, pero sí
tiene en el mismo el elemento legitimante, la referencia obligada. Miami es una ciudad llena de
historia cubana, y proliferan en ella las instituciones dedicadas a la salvaguarda de la herencia, la
memoria, el recuerdo. Hasta las empresas de más prestigio en ámbito anglosajón no olvidan esa
suerte de compromiso que les ofrece una suerte de soporte histórico distintivo. En Miami, por
demás, está parte de la cultura popular que una revolución con una gran vocación por la alta
cultura obvió. Este elemento es ambivalente, como todo nacionalismo: educa en la continuidad más
que en la ruptura, en la acumulación, más que en la innovación.

En La Habana, por el contrario, se ejercita una cubanidad centrífuga; una que escapa
incluso hasta el mismo Miami, percibido como parte de una otredad cercana cuyas
expectativas se pueden satisfacer manipulando las necesidades afectivas del nacionalismo
criollo. La Habana mira más allá de sí misma, no está atada a lo nacional; es más, en
muchos sectores se pueden percibir índices de un franco rechazo al patriotismo sacrificial.  En La
Habana prolifera el regae, el rap, el rock, el ballet clásico, la música sinfónica; no se está obligado
a satisfacer el afán simbólico en términos de guaracha y son. No se trata, claro está, de que en
Miami no existan buenos bailarines, o excelentes concertistas; el asunto estriba en que no es eso lo
que se espera de esta ciudad convertida en una suerte de arcada de la cubanidad nacional. El
papel asignado a La Habana en la “división global de estereotipos” coincide en mucho con este
deber nacionalista respetada por la cultura de Miami, pero no es vista como un destino, una
“misión”; por eso se puede romper menos traumáticamente con él.

Estos quiebres son relativos, en verdad existe entre estas dos ciudades cubanas una relación de
complicidad. Miami y La Habana coquetean entre sí, se seducen, juegan a ser
recíprocamente centro y periferia una de la otra. En Miami hay pasión por lo que se hace en La
Habana; se circulan las canciones que salen de la isla, se ven los filmes solo con días de retraso, se
ofrecen dulces y bebidas traídas por los visitantes. En La Habana hay fascinación por Miami. Hay
familias que desde La Habana informan a su gente en Miami sobre precios y tiendas con rebajas.
Se comparten jerga, gestos, formas de vestir y de vivir. Dicen que, incluso, hasta algunas cuentas
bancarias.

Miami es canónica para La Habana; La Habana para Miami. Si antes se podía diferenciar en el
Aeropuerto Internacional de Miami, mientras salían los pasajeros,  quien venía de visita a Miami, o
quien había ido a La Habana, hoy es casi imposible. Visualmente al
menos unos y otros parecen pertenecer a una misma comunidad. Los que han reiterado sus visitas
hacia uno y otro lado, se están formando como esa suerte de ciudadanos de las dos orillas que
uno espera en una Cuba postcastrista. Una Cuba que, como he tratado de indicar, ya existe de
alguna manera.

La política, que es el área más rezagada de esta dinámica, también ha dado sus pasos. Cada día
es más decidida la pretensión de exiliados de Miami de funcionar dentro de la isla. El paso dado
por Eloy Gutiérrez Menoyo, quien se quedó en La Habana a “trabajar con la disidencia”después de
una visita, tiene una importancia simbólica más allá de su
efecto real. Por otra parte, hay ya en Miami un sector de la comunidad cubana que se
puede calificar de abiertamente castrista, con nivel económico, emisora de radio y poder
editorial. Mirando pues a la raíz y la fronda, sumergiéndose o eludiendo el nacionalismo,
Miami y La Habana tienen algún juego entre manos.