Con Chile en la distancia

                               Para la Cecilia y el Mauricio.

Nací a la vida política con una noticia acerca de Chile. Si puede llamarse “vida política” a la perplejidad que
produce una bandera a media asta.

Cursaba 6to. Grado en un concentrado escolar del pueblo habanero de Bauta cuando murió Salvador
Allende, quien había estado de visita en Cuba un tiempo atrás. Visita que, no siempre se dice, hizo en
compañía de Augusto Pinochet, hecho que reactualiza nuevamente el tópico sobre el lugar de la traición en
el ejercicio del poder.

Entonces se nos hizo llorar. O simplemente lloramos. No recuerdo bien.

Mi escuela tenía un nombre irresponsable: Generación del futuro. Con el bautizo se indicaban a los tipos
que saldríamos de ahí, pero sin avanzar algún juicio de valor respecto a su (nuestra) naturaleza. Seríamos
sin duda la Generación del Futuro. No se sabe aún si para bien o para mal; aunque hay algunas evidencias
casi incontestables.

Allende era amigo de Fidel Castro. Los vimos juntos en la televisión y en un grueso libro que cubría la visita
de Castro a Santiago. En una de esas fotos aparece el General Arnaldo Ochoa, fusilado por su jefe casi
veinte años después, portando con familiaridad una sospechosa maletica.

Decía que Castro y Allende eran amigos. Fue una mistad muy compleja, como revela el escritor chileno
Roberto Ampuero en su libro Mis años verdeolivo. Ese tono de verde es el símbolo de nuestra enloquecedora
y enloquecida Revolución; fue precisamente una amiga chilena quien nos ayudó a librarnos de esta
obsesión pictóricomilitar rebautizando el citado color como “verde pistacho”. Más ingenuo, más lindo:
definitivamente postcastrista. Casi hedonista.

A pesar de todo, dicen que Castro sentía más admiración por Pinochet que por el Presidente derrocado. No
lo sé tampoco. En cualquier caso, habría entre ellos mayor afinidad. El General Augusto Pinochet le hizo
algunas malas jugadas a Castro, igual que Fujimori. Y dicen las malas lenguas que el Comandante siempre
se las (des)cobra.

Si Fifo y Pinocho hubieran podido concertar acciones, a estas alturas Latinoamérica sería un pacífico
nosequé. Sin duda alguna.

Después de perder la inocencia, Chile comenzó a llegarme desde muchos lugares. Me aprendí muchas
anécdotas diplomáticas, seguramente exageradas, donde el canciller cubano Raúl Roa mayoreaba sin
piedad a los representates pinochetistas en los foros internacionales, donde las sillas quedaban tan juntas
en el alfabético protocolo como distantes en lo político.

Pablo Milanés resumió todo esto en una canción de despedida. En ella anunciaba que se iba, que pisaría
las calles de Santiago alguna otra vez. Y se hizo un gran silencio. Grito y silencio: con esos tonos había
entrado yo, gracias a Chile, en la conciencia política, y así se me había dibujado ese país: igual que Cuba,
un refugio elusivo desbordado de sensibilidad.

Y en efecto, como predijera Milanés, Chile estuvo de regreso en nuestras vidas. En mi vida. Algunos
neoliberales le evocan como ejemplo para América Latina; cosa en que no creo, por supuesto: yo sé lo que
significa vivir por años en los complejos de un país que se propone aleccionar a un continente.

Esta vez el Chile regresado me toma con más prevención. Es casi una mujer. Como un angel. Chile tiene
forma de amor, y parece que de amigos.

No me interesa ya el Chile público ni histórico sino el humano. Encuentro más amistad en un pastel de
choclo o en una palta reina que en cualquier índice de exportación vinícola o en todos los ejercicios de la
nueva democracia. Fueros y desafueros incluídos.

La vivencia de lo chileno se me ha movido junto con la rectificación de mis preferencias  poéticas: de Neruda
a Huidobro. Del comunismo al cosmos. Sin “ismos”.

Hace unos días, mientras atravesábamos a toda velocidad el Garden State Expressway de New Jersey, un
amigo me sorprendió con la referencia a un chileno inmortal. Así llamó él a Lucho Gatica.

Agregó, como era de esperar, que al “Pitico” lo hicieron los cubanos, particularmente el productor de la TV
de los `50 Gaspar Pumarejo; pero esa altivez no es ofensiva. Es linda, ingenua, una manera torcida en que
la gracia criolla muestra admiración.

Lucho Gatica habría viajado a La Habana de los `50 siendo efectivamente un gran cantante, pero sin la
fama merecida. Fue entonces que se preparó un programa (¡muchísimo antes que el de Don Francisco, otro
famoso chileno!) donde el cantante le partió el corazón al resto del mundo.

Se  conmemoraba un día de las madres y a Lucho Gatica le correspondía cantar en la TV. Antes de
comenzar la actuación, el locutor le dice que pida un deseo, cualquier deseo, que el canal estaría dispuesto
a concedérselo. “Bueno, dijo el artista, yo lo único que quisiera en este momento es ver a mi madre”. Y de
inmediato, por una puerta situada en una esquina del escenario, hizo entrada La Pura.

La estela de simpatía que la enunciación y satisfacción sucesiva de ese deseo dejó fue tan grande, que
algunos empezaron a considerar que Lucho Gatica era cubano. Solo un cubano, pensaban los cubanos,
podia hacer ese tipo de cubanísimas cosas.

Mi tío Fernando jura y perjura por la cubanidad de Lucho Gatica, a quien no teme considerar el mayor
bolerista del mundo. El Rey del Bolero, le repite constantemente. Este juicio de mi tío, por cierto, es el mismo
de Luis Miguel.

A pesar de lo que se cuenta, Luis Enrique Gatica Silva nació en Rancagua un 11 de agosto de 1928. Se
dedicó al canto en detrimento de sus estudios de medicina dental y en 1949, hace ya 55 años, grabó su
primer disco junto a su hermano Arturo.

Me he despertado temprano para ir al aeropouerto JFK a esperar a una embajadora chilena. Anoche, junto
a mis amigos Marlene, María y Armando, cené y escuché música chilena. Me divirtió mucho una canción
dedicada al vino, lo que aligera bastante el recuero musical que tenía de ese país, marcado por una tarde
gris en La Florida cuando mi amigo Antimo, un ingeniero y artista argentino, me sometió al rigor de la
Cantata de Santa María de Iquique. ¡Qué bueno, le dije anoche a Armandito, los chilenos se divirten tanto
como los cubanos!.

Y es cierto, a pesar del pedazo de Iceberg con que trataron de escandalizar en la Expo de 1992 (¡Dios mío,
a qué papelones nos llevan los complejos!), hay en el corazón de Chile una necesidad extrema de alegría,
una capacidad enorme para cantar y amar. Yo lo he sentido.


New Jersey-agosto 2004.



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