Ciencia y frivolidad


Las instituciones, hay que reconocerlo, están haciendo un esfuerzo por perfilar una zona general de
encuentro donde:

a-ni la alta cultura es demasiado intrincada;

b- ni la “pop culture” evidente o simple.

El pasado año, por ejemplo, pudimos ver la película The day after tomorrow (Roland Emmerich), donde una
descomunal inundación va "criogenizando" (bio-congelando: parece que todo, hasta el cemento, sigue vivo,
en sueños)  importantes ciudades hasta, por supuesto, llegar a New York City; el objeto de sacrificio urbano
de mayor espectacularidad. El desastre de Manhattan no es, sin embargo, total: queda un grupito de
sobrevivientes, entre ellos el clásico dueto amoroso, que se refugia en un lugar muy especial: la New York
Public Library.

El espacio elegido le sirve al guionista y director para decir: "bueno, esto es un `thriller` promedio, pero se
trata de una libre elección; si hubiera querido igual les filmaría algo de una muy alta cultura". Y es entonces
cuando aparece, por ejemplo, esta escena en la biblioteca. La temperatura baja notablemente y los
sobrevivientes deben considerar la alternativa de calentarse quemando libros. Se presenta entonces un
problema de ética cultural, de acento funcionalista, acerca del destino del documento escrito. Después,
mientras tiran los textos a la hoguera como si fuesen inquisidores benignos, hacen alguna consideración
original acerca del tomo sacrificado.

Cultura por con guiños de alta cultura y alta cultura digerible por un mercado de constitución democrática:
esa es la fórmula. La receta del éxito.

Envueltas en esta lógica están las universidades y los institutos: los profesores cambian su escritura,
socializan sus temas, hacen dietas y ejercicios para adentrarse en pasarelas epistémicas, graban discos de
rap, asisten a la televisión. En el otro sentido, las revistas del corazón contratan a diseñadores de
vanguardia, entrevistan a personalidades notables e incorporan a su "Index", ya de forma regular, un
artículo que por lo menos “coquetea” con un tema de alta cultura.

La edición para Estados Unidos en idioma español de la revista Vanidades, correspondiente al 18 de enero
de 2005 (Año 45, No. 2) es un ejemplo de lo que he dicho. El referido número incluye un artículo muy
ilustrado dedicado a una de las mayores (y esto es exacto) “fiestas de la inteligencia”: la entrega de los
Premios Nobel que cada 10 de dicembre el Rey de Suecia confiere a personas de inteligencia excepcional.

La revista muestra un evento “very nice”, uno de esos de alquilar balcones. A la manera de Hollywood una
orquesta de alto rango trata de alegrar a un público selecto mientras se anuncian titulaciones y se leen los
discursos. Agradecidos y breves: más breves que el de Almodóvar al recibir su Oscar, cuando Antonio
Banderas hubo de llevárselo a la fuerza porque comprendía lo que su amigo no alcanzaba a entender aún.
Vamos Pedro, que esto es para otra cosa.

Igual que la ceremonia norteamericana, la sueca incluye renuncias, aires y desaires. Había quorum: 1330
invitados en el Concert Hall de Estocolmo, 10 científicos y la familia real como  asistente de honor. Fue la
princesa Victoria, heredera del trono de Suecia, quien más cámara mereció por acercarse, en sentido
general, al canon de belleza postmoderna. El canon social no va necesariamente por el mismo camino que
el canon corporal; igual que quienes establecen el canon literario no cubren necesariamente las pautas de
los anteriores. Pero este es otro asunto.

Después de la ceremonia los selectos invitados asistieron al opulento Banquete Nobel que ofreció el Rey y
esa Fundación en el Salón Azul del Ayuntamiento de Estocolmo. Estos premios, inaugurados en 1901 por el
inventor de la dinamita, concedieron este año 1.3 millones de dólares en efectivo, medalla de oro y diploma.

El glamour de la inteligencia fue celebrado también por Oprah Winfrey y Tom Cruise. La animadora de TV
norteamericana fue autora de una de las frases más célebres de la jornada; aseguró que, al lado de Tom,
iría hasta el fin del mundo.

Un riguroso investigador, que relee la historia de la ciencia desde el punto de vista de la cultura del mercado
simbólico, asegura que cuando Niels Bohr comunicó a Einstein los nuevos parámetros de la física cuántica,
el fabuloso Albert exclamó: “Wao, man!”.

Kendall-enero, 2005.


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