| Celia Cruz: la salvación por el talento. Gracias a mi vecino Manengue (uno de los mejores jugadores de dominó del pueblo de Bauta, al oeste de La Habana), quien decidió detener su reloj en los años ´50, yo supe alguna vez quien era Celia Cruz. Él marcaba el son y la guaracha con un sonido de clave sacada de sus manos, llevando el tiempo con el restallar de sus dientes. Nos hablaba de la Sonora Matancera, de Fajardo y sus Estrellas y, por supuesto, del Benny Moré, cuando a nosotros solo nos importaba la música norteamericana e inglesa. En los años ´70 la cultura cubana se podía calificar más como (pro y contra) soviética que como “tropical”; estábamos al centro de la Guerra Fría cultural y militarmente hablando, y no en el carnaval o el “pop-rock” latinoamericano, que inexplicablemente aún fascina a una amiga chilena. En la isla renació el gusto por la música “nacional” solo en la frontera anterior de los ´80. Fue por eso que la llegada del sonero venezolano Oscar de León a La Habana y Varadero dejó a los músicos perplejos: él bailó, y muy bien, en casa del trompo. Gracias a traumas como este, y la labor de promoción de la música cubana del programa televisivo “Para Bailar”, hubo una suerte de “renacer” del gusto por la música cubana. Oscar de León dejó al menos otros dos traumas en la opinión pública cubana: casi toda la isla se enteró de que la madre del Benny Moré estaba viva al invitarla a un concierto en la Ciudad Deportiva, e hizo popular en una sociedad comunista un estribillo que le censura consideró radicalmente diversionista en lo ideológico. Decía así: “Defiéndete tú, y déjame a mí, que yo me defiendo como pueda.” Le contestó el mismísimo Comandante Juan Almeida, con un son más lento, interpretado por la cantante del minuto (María de Jesús, según recuerdo), que hacía un llamado panfletario a la solidaridad proletaria y la cooperación socialista, repitiendo sin cesar que, respecto a la piñata propuesta por León: “Así es mejor, así es mejor.” Hace unos días, después de la consternación por la muerte de Celia Cruz, el pintor Armando Tejuca me recordaba un incidente ocurrido en Cuba hace unos años, que muestra la persistente lógica del artefacto de propaganda política. Una canción interpretada por Celia, y que el público reconoce como “La vida es un carnaval”, fue popularizada en la isla por el salsero Isaac Delgado. Como quien no quiere las cosas, recuerda Tejuca, otro afamado sonero cubano le respondía con un tema de texto bastante “pesao” que llamaba a la responsabilidad y disciplina en el socialismo. ¡Uf!, lo de jamás acabar. Lo cierto es que “La vida es un carnaval” se cantaba en toda La Habana y fue hasta el tema de una Serie Nacional de Béisbol. Por supuesto, todo el mundo comentaba que en Miami la cantaba Celia Cruz, y con tremendo “tumbao” (o “swing”, que es la curiosa opción de los habaneros). Fue este incidente quien me enseñó que había una Celia Cruz que desbordaba los olvidos, que bailaba y cantaba sin interrupción entre las “dos orillas”, y eso también era obra del bueno de Manengue. Lo comprobé con creces cuando visité la peculiar ciudad de Miami. Le hice la historia al propio Delgado, con quien coincidí en un lugar bastante insólito para un sonero cubano: un aula universitaria en New Orleans. Celia Cruz fue muchas cosas. Todas a la vez: mujer, exiliada, negra, cubana, latina, hispana, rica, popular, cristiana, y más. Su música, sin embargo, no dependió de ninguno de estos predicados; se ganó el público, el dinero y aseguran que hasta la salvación, a base de talento. Fue simpática con naturalidad y profesionalismo, sin añadir lágrimas bobaliconas ni risas afectadas. No inventó un amor que no sintiera, ni besó un niño que no amara, ni agradeció una flor que no gustara de veras. No empujó su arte con ninguna cursilería adicional: tampoco cargó mascotas ajenas, ni reivindicó minorías, ni rentó la cualidad de víctima o discriminada para que los aludidos le compraran sus discos. Fue como nadie crítica de Castro y jamás le perdonó la prohibición de asistir al entierro de su madre. Pero esa antipatía real no la manipuló para ganarse la comunidad cubana de Miami, un mercado natural de sus discos. A Miami, a todo Miami, llegó con su música, con su talento y su optimismo. Con ganas de vivir y sin trampas; aunque le entendía el dolor a una comunidad estructurada sobre una injusta exclusión. Le gustaba ser lo que era. Y punto. Es por eso que tanta gente sintió su muerte; agradeciéndole la autenticidad de un amor natural, que puede prescindir de las reglas oportunistas de un tradicional guardia de relaciones públicas. Emilio Ichikawa. Agosto-2003. |
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